Más allá de la apariencia

Publicado el 5 de marzo de 2026, 4:51

“Oísteis que fue dicho a los antiguos. Pero yo os digo…” Mateo 5:21-22

Cuando nos acercamos al Sermón del Monte, nos encontramos con un Salvador que confronta radicalmente la religiosidad superficial de Su tiempo. Las palabras “Oísteis que fue dicho a los antiguos. Pero yo os digo…” del pasaje de hoy no son un simple eco del pasado, sino la demolición de un sistema de auto justificación que los líderes religiosos habían erigido. Los fariseos y los escribas habían rebajado la Ley de Dios, transformándola en un código de ética externo y manejable que cualquiera, con suficiente disciplina, podría creer haber cumplido. Al hacer la ley accesible al esfuerzo humano, alimentaron el orgullo en lugar del arrepentimiento.

Al llegar a este punto te animo a considerar cuán grande es el privilegio que tenemos hoy al poder sostener las Escrituras en nuestras manos, bueno en aquel entonces el acceso a las Escrituras era casi imposible por su costo y la barrera del idioma: las Escrituras estaban escritas en hebreo, y muchos no hablaban hebreo, la mayoría hablaba arameo, entonces aun si pudieran permitirse tener una copia sería muy difícil leerlas y comprenderlas. Por lo tanto, tuvieron que depender de un maestro que les tradujera las Escrituras. Esos maestros, en lugar de traducir fielmente, mezclaban la Palabra con opiniones humanas, ocultando el verdadero estándar de santidad divina. Por ello Jesús viene a restaurar el peso de la Ley para demostrarnos que la justicia que Dios demanda no nace en las manos que no matan, sino en el corazón que no odia. Al escuchar las demandas de Cristo no debemos sentirnos satisfechos, sino espiritualmente arruinados. El propósito de la Ley es convertirnos en mendigos ante el trono de la gracia, reconociendo que el Juez que nos evaluará en el último día es el mismo que hoy nos ofrece Su perfección.

La vara con la que seremos medidos no es la moralidad del vecino, sino la naturaleza misma de Dios: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Al vernos frente a este espejo, nuestra única respuesta posible es refugiarnos en la promesa: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Solo el quebranto de reconocer nuestra incapacidad nos abre la puerta a una santificación real, donde el pecado no es solo frenado, sino aborrecido, permitiendo caminar hacia una vida que refleje verdaderamente el carácter de Jesús. Iglesia, al final, nuestras vidas serán probadas por la tormenta de el día del juicio final, y solo aquel que ha edificado su vida sobre la roca del arrepentimiento y la fe en las palabras de Cristo permanecerá en pie.

Oración: Amado Padre Celestial, te pedimos que nos concedas un espíritu humilde y contrito que reconozca su total incapacidad de alcanzar Tu justicia por méritos propios, para que, al vernos desnudos ante la perfección de Tu Ley, corramos desesperadamente hacia los brazos de Cristo, el único que puede vestirnos con Su justicia perfecta y transformar nuestro corazón para vivir una vida que realmente traiga gloria a Tu Nombre. Amén

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Comentarios

Shirley García
hace 3 horas

Amen 🙏🙏🙏

Yamileth
hace 16 minutos

amén, has de nosotros un pueblo apartado y limpió digno de ti mi Señor amén.