«El temor a los hombres es una trampa, pero el que confía en el Señor está a salvo»— Proverbios 29:25
El temor a los hombres puede parecer algo pequeño: ¿qué pensarán de mí?, ¿qué dirán?, ¿se molestarán?, ¿me rechazarán? Pero la Biblia lo compara con una trampa. Y una trampa no necesita parecer peligrosa para hacer daño; basta con que consiga atraparnos.
Juan el Bautista y Jesús no cayeron en esa trampa. Ambos estuvieron dispuestos a confrontar el pecado y, por causa de su fidelidad, enfrentaron el rechazo de quienes los rodeaban. Porque el temor a los hombres es uno de los grandes obstáculos para vivir y anunciar el Evangelio. Tememos ofender. Tememos que nos rechacen. Tememos perder amistades. Tememos que alguien piense mal de nosotros. Y poco a poco podemos comenzar a modificar nuestras palabras, esconder nuestras convicciones o guardar silencio cuando deberíamos hablar. Jesús hizo una pregunta que llega directamente al corazón: “¿Cómo podéis creer, si aceptáis alabanzas unos de otros, pero no hacéis ningún esfuerzo por obtener la alabanza que viene del único Dios?” (Juan 5:44). Jesús presenta aquí una competencia: ¿qué aprobación estás buscando? Porque cuando la aprobación de las personas se convierte en nuestra prioridad, puede terminar ocupando el lugar que solamente le corresponde a Dios.
Esto ocurrió incluso entre algunos líderes religiosos de la época de Jesús. Juan 12:42-43 dice que muchos creían en Él, pero no confesaban abiertamente su fe porque amaban más la aprobación de los hombres que la aprobación de Dios. ¡Qué advertencia tan seria! No basta con reconocer interiormente que Cristo es verdadero. Llega un momento en que nuestra fidelidad debe hacerse visible. Pablo entendió esto perfectamente. A los gálatas les preguntó: “¿Busco ahora la aprobación de los hombres o la de Dios?” Y añadió que, si todavía buscara agradar a los hombres, no podría considerarse siervo de Cristo. Entonces, ¿es irresistible la presión de nuestra cultura? No. Puede resistirse. Juan el Bautista es un ejemplo de ello. No vivió para ser aceptado. Su apariencia no seguía las tendencias de su época. Su estilo de vida tampoco buscaba comodidad. Su mensaje confrontaba a personas religiosas y poderosas. Incluso bautizaba a judíos, llamándolos al arrepentimiento, algo profundamente confrontador para quienes confiaban en su descendencia de Abraham. Juan no estaba intentando encajar. Estaba intentando ser fiel.
Pero existe alguien mayor que Juan. Jesús tampoco vivió para recibir la aprobación de los hombres. No permitió que las tradiciones humanas determinaran Su obediencia al Padre. Confrontó la hipocresía religiosa, desafió interpretaciones equivocadas y estuvo dispuesto a provocar oposición cuando hacerlo significaba obedecer la voluntad de Dios. En Juan 5:41 dijo: “No recibo gloria de hombres”. No estaba diciendo que alabarle estuviera mal. La cuestión era que Cristo no vivía para obtener la alabanza de los hombres. Jesús no necesitaba la aprobación humana para saber quién era ni para cumplir Su misión. Su vida tenía una sola dirección. En Juan 4:34 declaró: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió, y llevar a cabo Su obra”. Esa es la libertad que necesitamos.
Cuando nuestra vida está centrada en agradar a las personas, cualquier rechazo puede desviarnos. Pero cuando nuestra mirada está puesta en Cristo, podemos permanecer firmes, aunque cambien las opiniones, aunque no nos entiendan o, aunque nuestra fidelidad tenga un costo. La pregunta, entonces, no es simplemente: “¿Qué pensará la gente de mí?” La pregunta más importante es: “¿Qué quiere mi Señor de mí?” Juan vivió para preparar el camino de Cristo. Jesús vivió para hacer la voluntad del Padre. Y nosotros hemos sido llamados a seguir sus pasos. No permitas que el temor a los hombres te convierta en una caña que se mueve con cada viento. Confía en el Señor. Busca Su aprobación. Y cuando tengas que escoger entre agradar a las personas y ser fiel a Cristo, recuerda que la aprobación de Dios permanece mucho después de que desaparecen todas las voces humanas.
Oración: Señor, líbranos del temor a los hombres. Sabemos cuánto deseamos ser aceptados y cuánto nos afecta el rechazo, pero no queremos que la opinión de otros gobierne nuestra obediencia. Danos la firmeza de Juan y, sobre todo, enséñanos a mirarte a Ti, que viviste para hacer la voluntad del Padre. Ayúdanos a buscar Tu aprobación por encima de cualquier reconocimiento humano y a permanecer fieles, aunque nuestra fidelidad tenga un costo. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Proverbios 29:25; Juan 5:41-44; Juan 12:42-43; Gálatas 1:10.
- ¿En qué situaciones soy más vulnerable al temor de los hombres?
- ¿Qué puedo aprender de Juan y de Jesús acerca de vivir para la aprobación de Dios?
- ¿Qué decisión concreta debo tomar hoy para obedecer a Cristo, aunque otros no estén de acuerdo?
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