«Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de Sus milagros, porque no se habían arrepentido»— Mateo 11:20
Llegamos a uno de los grandes misterios de nuestra fe: la relación entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. ¿Cómo puede Dios ser soberano y, al mismo tiempo, responsabilizarnos por nuestras decisiones? Esta pregunta ha sido debatida durante siglos por creyentes y teólogos. Y debemos acercarnos a ella con humildad, porque existe el peligro de ir más allá de lo que las Escrituras revelan, intentando encajar todo en un sistema que resuelva cada pregunta. Pero también existe el peligro contrario: quedarnos cortos frente a lo que Dios ha revelado. Nuestro propósito es llegar hasta donde nos lleve Su Palabra y, cuando alcancemos los límites de nuestra comprensión, reconocer que hay cosas demasiado profundas para nosotros. Lo secreto pertenece a Dios; lo revelado nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos.
Para comprender cómo aparece este misterio en Mateo 11, necesitamos recordar el tema que recorre todo el Evangelio: el reino de los cielos. Mateo presenta a Jesús como el Rey prometido. Desde Su genealogía vemos que es hijo de Abraham, aquel por medio de cuya descendencia serían bendecidas todas las naciones, e hijo de David, el heredero de las promesas del reino. Y Su nacimiento virginal nos revela que no es simplemente otro rey humano: es Dios hecho carne. Jesús vino proclamando: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado». Su mensaje nos llama a entrar en ese reino mediante el arrepentimiento y la fe. En el Sermón del Monte nos enseñó cómo es la vida de quienes pertenecen a él, y mediante Sus milagros presentó Sus credenciales como Rey. Sus obras demostraban que el reino había llegado con poder. Pero ¿qué ocurre cuando las personas ven esas obras y, aun así, no se arrepienten? ¿Y quién llega a comprender las verdades del reino? ¿Depende todo de la decisión humana o debemos reconocer también la soberanía de Dios? En Mateo 11:20-30 encontramos estas preguntas entrelazadas en tres secciones.
Primero, en los versículos 20 al 24, Jesús denuncia a las ciudades donde había realizado muchos milagros y que, sin embargo, no se arrepintieron. La evidencia que recibieron las hacía responsables de su respuesta. Es una advertencia seria acerca de nuestra responsabilidad delante de Dios. Después, en los versículos 25 al 27, Jesús alaba al Padre porque ha ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a los sencillos. Aquí contemplamos la soberanía divina: Dios es el Señor del cielo y de la tierra, y obra conforme a Su voluntad. Y finalmente, en los versículos 28 al 30, Jesús extiende una invitación extraordinaria: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso». El mismo pasaje que nos confronta con la responsabilidad humana y nos lleva a contemplar la soberanía de Dios termina dirigiendo nuestra mirada a Cristo, el Salvador tierno y amoroso que recibe a los que vienen a Él.
Observemos, entonces, cómo estas verdades conviven en las palabras de Jesús. Él responsabiliza a quienes no se arrepienten, alaba a Su Padre por Su soberanía y, finalmente, llama a los cansados a encontrar descanso en Él. No vemos a Jesús enfrentado a una contradicción, sino enseñando estas verdades con plena confianza en Su Padre. Mi deseo es que, al recorrer este pasaje, no pretendamos dominar un misterio que supera nuestra comprensión, pero tampoco ignoremos lo que Dios nos ha revelado. Que podamos escuchar con humildad, responder con responsabilidad y aprender a contemplar la soberanía de nuestro Padre con la misma confianza y reverencia con que Jesús lo hizo.
Oración: Padre celestial, danos humildad para recibir Tu Palabra sin pretender saber más de lo que has revelado. Ayúdanos a comprender nuestra responsabilidad delante de Ti y a reconocer Tu soberanía sobre todas las cosas. Guíanos mientras estudiamos este pasaje, para que no nos quedemos solamente con preguntas, sino que crezcamos en confianza, obediencia y adoración. Y que al final podamos acudir a Cristo, descansar en Él y encontrar en Su invitación la esperanza que nuestras almas necesitan. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Por qué debemos acercarnos con humildad al estudiar la soberanía divina y la responsabilidad humana?
- ¿Cómo puedo responder con obediencia a lo que Dios ha revelado, aun cuando no comprenda todo lo que enseña?
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