«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». — Mateo 11:28
Hemos visto que nuestro Rey, Jesucristo, invita a los pecadores agobiados por el peso del pecado a acercarse a Él. Ahora bien, ¿cómo debemos responder a esta invitación? ¿Qué debemos aprender de las palabras de nuestro Señor?
En primer lugar, maravíllate ante la gracia de Cristo, nuestro Rey. No merecemos que un Rey tan glorioso se acerque a nosotros con mansedumbre y humildad de corazón, dispuesto a recibirnos y darnos descanso. No tenemos ningún mérito que nos haga dignos de semejante invitación. Todo procede de Su gracia. Y lo maravilloso es que Cristo no nos llama a acercarnos a Él una sola vez. Nos invita a venir una y otra vez, cada vez que reconocemos nuestra necesidad de Su ayuda. No porque Su sacrificio sea insuficiente, sino porque seguimos dependiendo de Su gracia para vivir, luchar contra el pecado y perseverar en la fe.
En segundo lugar, aprende a sentir el peso del pecado y a aborrecerlo. No lo trates como algo insignificante ni te acostumbres a convivir con él. El pecado ofende a Dios, destruye nuestras relaciones y produce mucho del dolor que experimentamos en este mundo caído, tanto por nuestras propias transgresiones como por las de otros contra nosotros. Si comprendemos la gravedad del pecado, dejaremos de justificarlo y comenzaremos a desear sinceramente ser librados de su dominio. Pero no basta con reconocer el peso de nuestra culpa. Debemos acudir a Aquel que puede perdonarnos y rescatarnos. Por eso, si todavía no has confiado en Jesucristo, ven a Él hoy. No puedes presentarte ante Dios en el día del juicio confiando en tus propios méritos. Necesitas el perdón que Cristo obtuvo mediante Su muerte en la cruz. No pospongas tu respuesta ni descanses en la idea de que algún día resolverás tu situación con Dios. Arrepiéntete de tus pecados y confía en Jesucristo, el único Salvador. Él no llama a los pecadores para rechazarlos cuando vienen a Él con fe; los llama para darles el descanso que necesitan.
Y si ya has creído en Cristo, no pienses que esta invitación ha dejado de ser para ti. También necesitas acudir a Él cada día. ¿Estás luchando contra la inmoralidad sexual o la pornografía? ¿Hay egoísmo, discusiones y resentimiento en tu matrimonio? ¿Respondes a las pruebas con irritación y frustración, en lugar de confiar en Dios? ¿Te dominan la falta de oración, la pereza espiritual, la incredulidad o la resistencia a la autoridad legítima? No escondas estas luchas ni te resignes a ellas. Llévalas delante de Cristo. Busca Su ayuda, sométete a Su Palabra y camina en obediencia, dependiendo de la gracia y del poder que Él provee. La invitación de Jesús no es una promesa de que jamás volveremos a luchar ni de que todo cambiará instantáneamente. Es un llamado a dejar de buscar alivio en el pecado y a acudir al Señor que nos perdona, nos sostiene y nos enseña a vivir bajo Su autoridad. Venir a Cristo implica confiar en Él y aprender de Él; significa dejar de defender nuestro pecado y someternos a Su señorío.
Por eso, cada día debemos prestar atención a Su voz. No endurezcas tu corazón. No esperes a sentirte digno ni a haber resuelto todas tus luchas para acercarte. Ven a Cristo con tu culpa, tu debilidad y tu necesidad; y, después de venir, sigue caminando con Él. Nuestro Rey es manso y humilde de corazón, y Su invitación permanece: venid a Mí.
Oración: Señor Jesús, gracias por Tu gracia inmerecida y por llamarnos a acercarnos a Ti. Perdónanos por las veces que hemos tratado el pecado con ligereza, lo hemos justificado o hemos intentado vencerlo con nuestras propias fuerzas. Danos un corazón que aborrezca lo que te ofende y que descanse en Tu obra salvadora. Si alguien todavía no ha confiado en Ti, concédele arrepentimiento y fe. Y quienes ya te pertenecemos, ayúdanos a acudir a Ti cada día, a reconocer nuestras luchas y a caminar en obediencia a Tu Palabra. Que nunca nos acostumbremos a vivir lejos de Ti, sino que aprendamos continuamente de Ti y descansemos en Tu gracia. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Qué pecados has comenzado a tolerar, justificar o minimizar en tu vida?
- ¿Estás intentando vencer alguna lucha mediante tus propias fuerzas, en lugar de acudir a Cristo y obedecer su Palabra?
- ¿Cómo puedes cultivar el hábito de acudir a Cristo diariamente, tanto en tus momentos de debilidad como en los de tranquilidad?
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