“Pero lejos esté de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” Gálatas 6:14
La cruz debe ocupar, para todo el que ha creído y obedecido al Evangelio, el lugar más claro de la revelación divina: el evangelio no se trata de ensalzar al ser humano ni de proyectar su valor, sino de contemplar al único que merece toda gloria. Tener claridad en este asunto es una necesidad en nuestros días en los que se ha popularizado una narrativa centrada en la autoestima, de modo que la cruz termina subordinada a la valoración personal. Se escucha afirmar que Dios pagó un precio por cada individuo y aunque esto es cierto, la intención con la que se dice es equivocada porque se dice para inflar la valía del ser humano; se habla de “diamantes en bruto” y de la necesidad de reconocer el potencial de cada uno. Sin embargo, la función de la cruz no es calibrar la valía humana, sino resolver el conflicto entre la santidad de Dios y la culpa humana. La Biblia advierte con claridad que no hay justos ante Dios, ni siquiera uno: “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y la justicia de Dios exige una solución que no comprometa Su santidad. ¿Qué remedio hay para un pecador que merece muerte? La respuesta no es un merecimiento humano, sino la obra de Dios para justificar a los impíos mediante Su gracia, “por gracia sois salvos por medio de la fe” (Efesios 2:8). En Romanos 3:23-26 se declara que todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios, y sin embargo se manifiesta la justicia de Dios en la redención que es en Cristo Jesús, este acto no puede entenderse como una concesión al valor humano, sino como la sublime demostración de la gracia divina que sostiene la justicia sin cancelar la misericordia.
La cruz y la expiación, lejos de ser un reflejo de nuestro valor, evidencian la abundante gracia de Dios para justificar a los impíos. La justicia de Dios permanece intacta, incluso mientras Él demuestra misericordia a través de la sustitución de Cristo; de esta manera, la cruz se convierte en la culminación de un plan divino que revela tanto la rectitud de Dios como Su compasión para con los pecadores. Así, la adoración adecuada de Dios no es una reflexión sobre la autoestima humana, sino una dedicación a la gracia que salva, transforma y concede vida. En este sentido, la Navidad debe entenderse no como un mero homenaje a un nacimiento, sino como la manifestación de la gracia que, en la cruz y la resurrección, demuestra la gloria de un Dios que justifica a los impíos y reconcilia a la creación consigo mismo.
Oración: Padre celestial, al fijar nuestra mirada en la cruz de Cristo y en la obra de redención que allí se revela, te suplicamos que en este tiempo no permanezcamos ajenos a la gracia que Tú derramaste para reconciliarnos contigo. Oh Señor que nuestras vidas respondan no a la valoración de la carne, sino a la gloria de Dios que se revela en la cruz. Ayúdanos a entender la encarnación de Cristo no como la celebración del valor humano, sino como la consumación de Tu gracia. Que el gozo de hacer memoria que Tu Hijo se hizo hombre testifique la gracia que nos une a Él, para que en estos días en que aparentemente se hace memoria y se celebra Su encarnación nosotros los que en verdad hemos creído a tu evangelio vivamos con humildad, obediencia y gratitud, confiando plenamente en la esperanza que nos das en Jesús. Amén.
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