Nos ha nacido un Salvador

Publicado el 20 de diciembre de 2025, 5:03

“Y llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados” Mateo 1:21

La Navidad nos confronta con una realidad que la mentalidad pragmática del mundo suele evitar: nuestra fragilidad humana no se arregla con mejoras externas, sino con una transformación interior que sólo Cristo puede lograr. En ese marco, la encarnación no es un episodio decorativo en la historia, sino la apertura de la única ruta de reconciliación entre un Dios Santo y una humanidad caída. El ángel dejó claro el fundamento de la salvación: “Y llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Esta declaración no es una promesa general sobre bienestar moral, sino la proclamación de una obra redentora particular y suficiente. Esto se comprende como efecto de la gracia irresistible y eficaz del Espíritu, que capacita a la incredulidad para creer y a la fe para abrazar la gracia.

La instrucción divina, entonces, desmonta dos ilusiones comunes. La primera es la idea de que la felicidad depende de condiciones externas mejoradas; la segunda, es la esperanza de que la urgencia moral pueda ser superada por un cambio de entorno sin un cambio de corazón. La Escritura presenta a Jesús como el Salvador que no solo corrige conductas, sino que restituye la relación con Dios. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Esta verdad desplaza la autopromoción y la confianza en la riqueza, la salud o las relaciones humanas, y coloca la seguridad de la vida en la obra perfecta de Cristo. En la encarnación, el Verbo se une a nuestra humanidad para que la justicia de Dios pueda ser satisfecha y la comunión con Él pueda ser restaurada. No hay mérito humano que pueda ganarse en la presencia de un Dios santo; sólo la gracia de Cristo, recibida por fe, nos hace aceptos delante de Él. En este sentido, la Navidad no es una celebración de lo que somos, sino de lo que Dios ha hecho en Su Hijo para hacernos una nueva creación.

Por ello somos invitados a una vida de santidad concebida por la gracia y vivida por la fe. Sabemos que la santidad de Dios no se negocia; sin embargo, la gracia que opera en nosotros no anula la realidad de nuestra pecaminosidad ni reduce la necesidad de obediencia. Al contrario, la gracia transforma la motivación, purifica el deseo y nos capacita para vivir de manera que honra a Aquel que nos salvó. Iglesia, la Navidad no se quedó en el pesebre; la Navidad nos dirige a la cruz y a la resurrección, donde el pecado y la muerte han sido vencidos y la vida eterna se asienta sobre la promesa de Cristo. Por eso, cuando enfrentamos incertidumbres, podemos recordar que la mayor certeza no es nuestra situación presente, sino la fidelidad del Dios que envió a Su Hijo para salvarnos de nuestros pecados y para sostener nuestra fe hasta la glorificación.

No es suficiente creer que Jesús nació para salvarnos; es necesario permitir que esa verdad transforme nuestras prioridades, nuestras conversaciones y nuestras decisiones diarias. La esperanza navideña se sostiene en la certeza de que Cristo ya pagó la deuda que nos separaba de Dios y que Su obra continúa operando en nosotros por medio del Espíritu, para que vivamos para la gloria de Dios y el bien de nuestro prójimo. De este modo, cada día se convierte en una oportunidad para recordar que la verdadera alegría no proviene de lo que podemos comprar o hacer en estos días festivos, sino de la relación viva con Aquel que nos amó y se entregó por nosotros. Y cuando seamos tentados a buscar alegría en lo temporal que complace e impresiona al mundo, que la memoria de la encarnación nos lleve a mirar hacia Aquel que nació y fue levantado para que en Él tengamos salvación y esperanza.

Oración: Señor Jesucristo, gracias te damos por la maravilla de la encarnación y por la salvación que has obtenido para Tu pueblo. Fortalece nuestra fe para descansar plenamente en Tu obra y no en nuestras propias fuerzas. Que la gracia que rescató nuestras vidas se evidencie en cada acción de amor hacia los demás, en cada palabra de consuelo para los afligidos y en cada decisión guiada por tu Espíritu. Permítenos vivir estos días en que hacemos memoria de Tu encarnación con la seguridad de que nuestra deuda ha sido cancelada y que Tú salvas, nos sostienes y nos guías para la gloria de Tu nombre. Amén.

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Comentarios

Shirley García
hace 2 meses

Amén.