“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Lucas 2:14
La paz que Dios concede en la Navidad es, ante todo, una reconciliación que redefine toda nuestra existencia. No es una mera quietud emocional, sino una reconciliación judicial y relacional con un Dios Santo del que, por causa de nuestra naturaleza caída, éramos enemigos. Esa reconciliación no es fruto de nuestra propia virtud ni de circunstancias favorables, sino un don gratuito de la gracia soberana de Dios, recibido por fe en la obra redentora de Cristo. Así, la paz de Dios no depende de condiciones temporales, sino de la justicia perfecta de Cristo imputada a los creyentes y de la obra del Espíritu Santo que garantiza nuestra aceptación ante el Padre. Esta realidad transforma nuestra experiencia de la historia: incluso en medio de conflictos visibles, la paz que Dios otorga permanece como una realidad objetiva que sostiene nuestra alma y nos llama a vivir en una santidad humilde, confiando en la soberana inmutabilidad de Su pacto. Cuando el mundo promete seguridad en la riqueza, en la salud o en las relaciones humanas sin conflictos, la paz bíblica insiste en mostrarnos que la verdadera seguridad está anclada en la eterna fidelidad de Aquel que nos ha reconciliado con Él y nos ha puesto en pie de guerra victoriosa contra la culpa, el temor y el pecado. Y, por ello, la Navidad se convierte en un llamado a vivir no desde la ansiedad que el mundo propone, sino desde la paz que sobrepasa todo entendimiento, una paz que se sostiene en la gracia de Cristo y se manifiesta en una vida obediente, paciente y compasiva, incluso cuando las circunstancias son adversas.
En este sentido, la proclamación de los ángeles invita a un examen de nuestra confianza: ¿confío en la obra de Cristo para mí justificación y reconciliación, o estoy buscando seguridad en recursos temporales que pueden desvanecerse? La respuesta está en la siguiente pregunta: ¿he permitido que la verdad de la encarnación y de la cruz guíe mis expectativas navideñas y mis interacciones durante estas fiestas? La paz de Dios, entonces, no es una evasión de la realidad, sino la gracia que capacita para enfrentarla con esperanza y amor. Por eso, la Iglesia está llamada a anunciar con claridad que la paz proviene de Cristo, que Su reino no es de este mundo, pero transforma este mundo mediante la justicia, la misericordia y la fe. Al recordar que Jesús vino para reconciliar a los pecadores con Dios, se fortalece nuestra confianza para perseverar en la fe, para perdonar a otros como hemos sido perdonados, y para vivir de manera que honre al Padre, incluso cuando la sociedad clama por soluciones que dejan intacto el pecado.
Oración: Señor Dios, te damos gracias por la paz que nos ofreces en Cristo, una paz que no depende de las circunstancias del mundo sino de la obra redentora de Tu Hijo y de la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Ayúdanos a descansar en Tu pacto de gracia, a confiar en la suficiencia de la sangre de Jesús y a vivir en la realidad de la reconciliación contigo, para que nuestra vida irradie esperanza, paciencia y amor. Que esta Navidad y cada día se convierta en una proclamación de Tu paz que sobrepasa todo entendimiento, para la gloria de Tu nombre. Amén
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Amén.