Adopción: el mayor regalo de la Navidad

Publicado el 24 de diciembre de 2025, 3:12

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo... para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” Gálatas 4:4-5

El pasaje hoy nos sitúa ante la acción decisiva de Dios en la historia: en el tiempo señalado, Dios envió a Su Hijo para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Esta verdad no es solo consuelo emocional, sino una realidad legal y relacional que redefine toda nuestra existencia ante el Creador. Dios, por medio de la obra de Cristo y la aplicación del Espíritu, nos toma de la muerte espiritual y nos coloca en Su familia como hijos y herederos de la promesa. No se trata de una merma en nuestra condición caída que necesita mejorar por esfuerzos humanos, sino de un milagro de gracia que transforma nuestra naturaleza, cambia nuestra identidad y nos coloca dentro de un pacto eterno. Lo que hoy recordamos y celebramos no es un simple evento histórico, sino la manifestación visible de un plan divino para reconciliar a un pueblo con su Dios, para que quienes fueron alejados por la culpa y la corrupción queden adoptados en la comunión filial.

C.S. Lewis lo dijo de este modo: “El Hijo de Dios se hizo hijo de hombre para que los hijos de los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios, esto resume de forma memorable el misterio de la encarnación y la adopción. Iglesia, la Navidad no debería ser sólo una fecha en el calendario que anuncia fiesta y deleite para la carne, sino la una fecha para celebrar la adopción espiritual que ocurre cuando la gracia de Dios atraviesa la oscuridad de la incredulidad y trae fe para creer en Cristo. Esa adopción no depende de la rectitud de nuestro pasado o de la sinceridad de nuestros esfuerzos, sino de la justicia imputada de Cristo y de la adopción efectiva que el Espíritu Santo opera en el corazón del creyente. Por ello, la identidad del cristiano no se deriva de los logros externos ni de circunstancias temporales, sino de un pacto eterno en el que Dios declara, para siempre, que todo el que ha creído y obedecido al Evangelio es Su hijo, con todos los derechos y responsabilidades que ello implica.

Esta realidad tiene profundas implicaciones para la vida cotidiana, sobretodo en esta fecha. Como hijos, somos llamados a vivir en obediencia filial, no para ganar la aceptación de Dios, sino como respuesta de gratitud a la aceptación ya concedida. Nuestra conducta, nuestras palabras y nuestras decisiones deben reflejar la dignidad de la nueva familia en la que estamos. Somos parte de una familia que no se desintegra ante la prueba, que encuentra consuelo en la presencia del Padre y que, por medio de la gracia, desea extender el amor de Cristo a los demás. La Navidad, entonces, no se trata de la repetición de tradiciones año tras año; es una proclamación de identidad: hemos sido adoptados, somos amados y estamos llamados a vivir como miembros de un reino que no es de este mundo, sino que transforma este mundo mediante la gracia, la justicia y la misericordia.

Oración: Padre celestial, en este momento te pido que examines mi corazón con Tu luz. ¿Dónde estoy? ¿Estoy confiando en Tu adopción en Cristo, o luchando por ganarme Tu favor con mis esfuerzos? Ayúdame a reconocer las áreas en las que la ansiedad, la culpa o la comparación me desvían de la seguridad de ser Tu hijo amado. Muéstrame, Señor, las palabras y las decisiones que revelan mi fe en Tu gracia y las que revelan confianza en mis propias capacidades. Quiero vivir con una humildad que surge de la gratitud, con una obediencia que fluye de la aceptación previamente otorgada, y con un amor práctico que refleja la comunión de la familia que Tú has formado. Espíritu Santo, constríñeme para que cada día, al enfrentar pruebas y tentaciones, recuerde que ya pertenezco a una casa eterna y que mi valor no depende de circunstancias temporales sino de la obra redentora de Jesús. Padre eterno ayúdame a caminar en la verdad de la adopción, a buscar Tu rostro en oración, a nutrirme de Tu Palabra y a amar a mi prójimo con la generosidad de quien sabe que es miembro de Tu reino. Amén

Valoración: 5 estrellas
8 votos

Añadir comentario

Comentarios

Shirley García
hace 2 meses

Amen.