La Navidad no es un simple aparentar festividad, sino la manifestación de la gracia soberana de Dios en la historia. La presencia, el perdón, la paz, la luz y el favor relacional son regalos gratuitos del mensaje de salvación que proviene de la Navidad.
Cuando Isaías proclama la venida de la luz, y cuando Mateo confirma ese cumplimiento en el Mesías, se revela que Dios, en Su pacto, no ha dejado a Su pueblo a la deriva, sino que ha intervenido para restaurar una relación que la caída había quebrantado. En este sentido, la adopción consuma la obra de reconciliación: ya no somos extraños, sino hijos y herederos, colocados dentro de un pacto que garantiza la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La presencia de Cristo entre nosotros es la evidencia de que Dios no ha abandonado Su proyecto redentor. En cada anuncio de paz, en cada acto de misericordia, se despliega la gracia que justifica al pecador y lo santifica para la vida de obediencia. Esta realidad cambia la manera en que enfrentamos la fragilidad de la existencia humana: ya no vivimos buscando seguridad en placeres pasajeros, sino descansando en la fidelidad eterna de Aquel que prometió estar con Su iglesia hasta el fin del mundo. La Navidad, por tanto, se convierte en una invitación a examinar nuestra confianza: ¿en qué basamos nuestra seguridad? ¿En logros propios, en el parecer del mundo o en la certeza de que somos aceptados por la gracia en Cristo?
Pensemos esto, si la gracia es el regalo inmerecido, entonces nuestra respuesta debe ser vivir de tal manera que nuestra gratitud sea visible. La presencia de Dios no nos exime de la lucha contra el pecado ni de las pruebas de la vida; nos equipa para enfrentarlas con esperanza, paciencia y perseverancia. ¿Cómo se manifiesta esta esperanza en tus decisiones diarias, en tus conversaciones y en tu trato con el prójimo? ¿Qué hábitos de fidelidad puedes cultivar para sostener la comunión con Dios y con la iglesia cuando la decoración navideña se apague, cuando los adornos regresen a las cajas para esperar un año más y las responsabilidades cotidianas regresan con todo su peso? La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, debe moldear nuestras emociones y dirigir nuestras acciones, de modo que el perdón que ya recibimos se traduzca en perdón práctico hacia los demás, en reconciliación en lugar de rencor, y en una vida marcada por la misericordia que evidencie que nos ha nacido un Salvador. La verdadera Navidad nos llama a vivir como gente guiada por el Espíritu, que busca la justicia, tolera la fragilidad humana sin perder la verdad, y abraza la misión de proclamar la buena noticia a un mundo que necesita escuchar que Dios está cerca.
Iglesia vivamos no solo en estas fechas, sino cada día como un pueblo que se sostiene en la promesa de que Dios es fiel, que Su gracia es suficiente y de que Su presencia es un tesoro que ninguna circunstancia puede arrebatar. Pregúntate, entonces: ¿estoy viviendo de modo que otros puedan saber que la verdadera alegría no depende de condiciones externas o circunstancias temporales, sino de la comunión con Cristo y Su Iglesia?
Oración: Amado Dios, te doy gracias por la presencia, el perdón, la paz, la luz y el favor relacional que has derramado en mi vida en Cristo. Reconozco que estos regalos no proceden de mi mérito, sino de Tu gracia soberana. Ayúdame a vivir a la altura de esta adopción, a cultivar una fe que se manifiesta en obediencia, misericordia y esperanza inquebrantable. Que mis días reflejen la gloria de Aquel que se hizo carne para iluminar mi camino, y que mi vida testifique del amor de Dios en un mundo que busca seguridad en lugares equivocados. Amén
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