“A lo Suyo vino, y los Suyos no lo recibieron” Juan 1:11
La venida de Cristo no vino a confirmar las esperanzas humanas tal como se las había construido la nación sino a confirmar la sabiduría oculta de Dios: que la verdadera gloria no consiste en un dominio visible, sino en la reconciliación del pecador con su Creador. En esta perspectiva, el nacimiento de Cristo no es un resplandor político o militar, sino la demostración de que la gracia de Dios rompe las estructuras de este mundo para traer una ciudadanía celestial. Jesús, al rechazar la exaltación rápida y el poder temporal, nos muestra que el reino de Dios opera mediante la justicia, la misericordia y la fe, ingredientes que no siempre reciben la aclamación de la multitud, pero que establecen una comunión con Dios que trasciende las circunstancias humanas. Este reino, que ya había sido inaugurado en la historia, continúa creciendo en medio de pruebas y pruebas, asegurándonos que la adopción de hijos y la reconciliación con el Padre no dependen de la popularidad, sino de la soberana elección de Dios y de la obra redentora de Cristo.
La encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo no sólo cumplen profecías, sino que revelan la sabiduría de la gracia: Dios toma lo débil para vencer lo poderoso, toma lo insignificante para desfigurar la sabiduría del mundo y, en el proceso, llama a Su pueblo a una fidelidad que no se agota en la admiración pasiva, sino que se traduce en obediencia confiada. Cuando Isaías promete que un Niño nacerá y se llamará Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Su cumplimiento no es un paréntesis de esperanza, sino la proclamación de un reino que dialoga con el mundo desde la cruz y la tumba vacía. En ese sentido, la salvación se manifiesta como la reconciliación entre Dios y los hombres, un cierre de la brecha causada por el pecado y una apertura de la vida en comunión con el Único Dios Verdadero. Por ello, la verdadera libertad no es la ausencia de opresión externa, sino la liberación del pecado que separa al hombre de su Creador.
La respuesta adecuada a esta gracia es una vida marcada por la fe, la obediencia y la esperanza. ¿Qué significa, entonces, vivir como ciudadanos de ese reino cuando las presiones del mundo empujan hacia la conformidad? Significa buscar la justicia que agrada a Dios, perdonar como hemos sido perdonados, y servir a los demás sin búsqueda de reconocimiento humano. Significa, también, fijar la mirada en la meta eterna, mientras articulamos un vivir con integridad ante Dios y ante los hombres. En medio de la incertidumbre contemporánea, el cristiano no se rendirá ante la tentación de buscar seguridad en logros personales; sino que sabrá que su seguridad está arraigada en Cristo, y que la esperanza de la superioridad de la gloria venidera sostiene nuestra paciencia y nuestra perseverancia.
Oración: Señor, gracias por exponer Tu reino de forma que rebasa nuestras expectativas y por sostenernos con la certeza de que Tu plan es perfecto. Ayúdame a reconocer cuándo mis anhelos caen en la tentación de buscar poder o reconocimiento humano y, en su lugar, ayúdame a abrazar la humildad de Tu reino y la fidelidad de Tu Palabra. Que mi vida refleje Tu gracia, que mi corazón se mantenga firme en la obediencia y que mi boca declare tu verdad con gozo. Derrama en mí un profundo amor por Tu iglesia y por el necesitado de tu gracia, para que, aun cuando el mundo no entienda, yo permanezca confiando en Tu plan redentor hasta su consumación. Amén
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