“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de Mí, hacedores de maldad” Mateo 7:21-23
La condenación en el día del juicio para quien estuvo cercano a la fe, pero no llegó a abrazarla plenamente, será la historia más desdichada que se pueda contar. En ese momento, la esperanza se desmoronará de inmediato y el fuego del infierno no engulliría a una víctima tan sorprendida como aquella que estuvo a punto de atravesar la línea de la vida eterna. Ese que estuvo cerca de la salvación pero que nunca la alcanzó, que estuvo a punto de hallar consuelo definitivo en el Dios que parecía ser para él, y que en ese día está esperando ver que sus obras resultaran valiosas como oro, y escuchar de su Señor una aprobación semejante a la que dice: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:23). Es posible que, al despedirse de la vida terrenal lo haga convencido de ser salvo; sin embargo, esta figura representa una de las miserias más extremas, porque estuvo tan cerca de la vida eterna y no la alcanzó. Aunque no lo hagamos de manera natural debemos reconocer que transitamos por una senda peligrosa y que, si nunca examinamos el fundamento de toda nuestra obra, si nunca nos preguntamos “Señor, ¿seré uno de esos muchos?”, corremos el riesgo de equivocarnos.
La Palabra de Dios, con misericordia, nos ofrece imágenes que pueden guiarnos a reconocer a quien se cree cristiano pero que en verdad no lo es, y, sobre todo, nos señala la base sobre la que se apoya nuestra seguridad. En la escritura encontramos un joven que afirma haber cumplido todo desde su juventud: “Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud” (Lucas 18:21). No es común llegar tan lejos: este joven no sólo supo cuál era la voluntad de Dios, sino que también intentó obedecerla; sin embargo, no llegó a la distancia necesaria. Porque, aunque la obediencia es manifestación de una fe genuina (Santiago 2:17), la mera conformidad externa no garantiza veracidad. Este hombre, teniendo la posibilidad de heredar la vida eterna, dejó a un lado a Cristo y Sus promesas para aferrarse a las riquezas presentes (Marcos 10:21-22). Consideremos también a las vírgenes que no eran prudentes; ellas llegaron hasta la entrada junto con las prudentes, pero no poseían suficiente de lo que se necesitaba. Al percatarse de su necesidad, suplicaron: “Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan” (Mateo 25:8). Al no obtenerlo, corrieron a comprar más y llegaron cuando quien venía ya había llegado y estaba dentro; la puerta se cerró estando ellas tan cerca. Eran casi creyentes, estuvieron cerca de la salvación, y, sin embargo, perecieron. Desear la salvación, si bien es una señal razonable, no suficiente para garantizarla.
¿Soy de Él? ¿en verdad le amo? Ninguno de nosotros debería partir hacia la eternidad con esperanzas que no han sido examinadas. Hacerlo es tan inseguro como contrario a la Escritura. “Examinaos a vosotros mismos”, exhorta Pablo, “para ver si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5).
Oración: Padre celestial, Te damos gracias por Tu misericordia y por Tu palabra que nos llama una vez más a examinar nuestros corazones. Ayúdanos a no conformarnos con una fe externa ni a acercarnos a la vida eterna sin haber creído verdaderamente. Que nuestro vivir refleje Tu voluntad, que nuestras obras broten de una fe genuina y no de apariencia. Límpianos, Señor, y fortalece nuestra confianza en Ti, para que podamos decir con sinceridad: “Señor, Tú eres mi Salvación y mi vida” Guárdanos de la complacencia y del engaño, y haz lo que sea necesario, para que cuando nos encontremos contigo, podamos oír de Tu boca: “Bien, buen siervo y fiel”. Amén
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Comentarios
Padre amado ayúdanos a mantener nuestra fe para no ser desdichados amén 🙏🙏🙏
Así mismo, guardanos mi Señor, amén.