“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María Su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente” Mateo 1:18-19
La historia de la bondad de José y la obediencia de María me ha enseñado lo fácil que es quedarnos en el asombro histórico y lo difícil que es aplicar estas verdades en mi vida diaria ante Dios. En este relato de Mateo, descubro que el significado real no está solo en los eventos, sino en lo que proclaman los nombres dados al Mesías. En nuestra cultura, un nombre puede ser solo una moda fonética, una herencia o una manera de honrar a alguien; pero en el primer siglo los nombres tenían un significado. En el relato que encontramos en Mateo 1:18-25 hallamos tres nombres para una misma persona cada uno con su significado.
El ángel le dijo a José: "Le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:21) Cuando escucho ese nombre, Jesús, que en hebreo significa "La salvación viene de Jehová" y que es la forma griega del nombre Josué, me pregunto: ¿Salvación de qué? Mi corazón, como el del pueblo judío en el primer siglo, tiende a anhelar una liberación visible y material; sin embargo, la verdadera opresión que me atrapa no es la opresión provocada por un gobierno terrenal, sino la del pecado. He visto cuán devastador es el pecado en la vida del ser humano: el pecado deshace matrimonios, socava nuestro potencial, destruye nuestras relaciones y finalmente nos lleva al juicio de Dios (Hebreos 9:27) Al llegar a ese juicio seré culpable de todo lo que se me acusa, completamente inexcusable delante del Dios santo y será cosa horrenda si al llegar allí no tengo un Salvador que me justifique a pesar de mi culpabilidad, iré hacia la separación eterna de Dios. Dios decidió librarnos de esta opresión y, en la plenitud de los tiempos (Gálatas 4:4), preparó un cuerpo (Hebreos 10:5) para que Su Hijo naciese de una mujer y muriese para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte y de este modo liberar a todos los que, temiendo a la muerte, vivían en servidumbre (Hebreos 2:14-15).
Emanuel, es el otro nombre, y este revela la identidad personal del Mesías. Emanuel significa "Dios con nosotros". Dios que está a mi lado, Dios que entiende lo que es vivir como ser humano, conoce mis luchas y mis debilidades. Sabe lo que es tener hambre, estar cansado y débil, ser atacado y enfrentarse a la tentación. Pero “Dios con nosotros” también significa que Dios lucha por mí, que pelea mis batallas. “El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?” (Romanos 8:32). Si Dios está por mí, ¿quién contra mí? Esta realidad me consuela y me desafía a confiar más plenamente en Su señorío. Emanuel no se limita a estar conmigo o a pelear por mí; Él vino a tomar mi lugar en la cruz, para sufrir la ira de Dios sin misericordia para que yo pudiese recibir misericordia sin ira.
Es posible que tú que nunca hayas entregado tu vida a Jesucristo, que aún no le conozcas como Salvador ni le reconozcas como Señor. Hechos 4:12, dice: «No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». Solo el nombre de Jesús y la salvación en Su nombre te librará de tus pecados en el día del juicio. Y si tú has creído y obedecido al evangelio, si tú tienes nombre de cristiano, reflexiona hoy sobre lo que Dios sacrificó al enviar a Su propio Hijo. Considera Su fidelidad y Su gracia. Considera Su paciencia y Su humildad, y permite que estas reflexiones te transformen para vivir de un modo distinto este nuevo año.
Oración: Señor Jesucristo, hoy te confieso que mi corazón tropieza con el pecado y que a menudo busco mi propia liberación en caminos que no te agradan. Reconozco que Tu nombre, Jesús, significa salvación y que solo en ti encuentro perdón y reconciliación con el Único Dios Verdadero. Gracias por ser mi Emanuel (Dios conmigo), porque en la cruz tomaste mi lugar, soportaste la ira que yo provoqué y venciste la muerte para que yo pueda vivir para Tu gloria. Una vez más rindo mi vida a Ti, rindo mi voluntad y mis planes, para que seas Tú quien dirija cada paso de mi vivir. Fortaléceme para andar en obediencia, para confiar en Tu fidelidad y para amar a otros con la gracia que me has mostrado. Que este año mi vida pueda ser un testimonio vivo de Tu gracia, y que mi unidad contigo se refleje en un fruto que diga que ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí. Amén
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Gracias mi Señor Jesús, mi Emanuel, amén
Amén 🙏🙏🙏