“Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a Mi pueblo Israel” Mateo 2:4-6
Ante este pasaje, nuestras almas deberían inclinarse a adorar la soberanía de Dios en la historia de la redención: Él, en Su decreto inmutable, ordena los tiempos y los lugares para que Su Hijo tome carne y habite entre nosotros.
Y tú qué piensas ¿por qué la estrella de Dios guio a los magos a Jerusalén si Jesús estaba en Belén? ¿Con qué propósito Dios hizo que fuese así? Bueno esa estrella tenía un propósito más profundo que meramente proveer una ruta hasta el lugar correcto. Si los magos hubiesen entrado discretamente y adorado a Jesús, quizás la historia habría terminado con un silencio relativo. Pero el Padre no quiso un advenimiento silencioso para Su Hijo. Por eso hizo que Herodes lo supiera, y sabía exactamente lo que Herodes haría: él se turbó, se angustió, y toda Jerusalén con él (Mateo 2:3-6) Y ¿cuál fue el fruto de esa visita a Jerusalén? Al no regresar los magos, se desató una masacre de infantes en Belén y sus alrededores. Es terrible, sí, pero cumple una profecía precisa (Jeremías 31:15). Dios, en Su justicia, también mostró Su misericordia al dirigir a Jesús, José y María a Egipto, cumpliendo otra profecía (Oseas 11:1), para luego retornar a Nazaret (otro cumplimiento). En conjunto, la historia revela que la providencia de Dios ordena incluso las respuestas difíciles para que se cumplan Sus propósitos. Los magos fueron llevados primero a Jerusalén para incitar a Herodes a que cumpliera las profecías. Esta realidad me confronta con mi propia vida: ¿qué pretende Dios revelar en mi corazón al usar circunstancias dolorosas o confusas?
Herodes, llamado el Grande por quienes le conocían, era el ejemplo de la “grandeza” que el mundo admira: vestiduras, corona y trono imponente. Obras impresionantes llevaban el nombre de este edomita ¿Edomita? Si, Herodes no era judío, sino un descendiente de Esaú. Ese que vendió su primogenitura por un instante de deleite. Esaú representa un proceder centrado en lo temporal y Herodes encarna esa misma insensatez: todo para el aquí y ahora, todo para la seguridad de un poder que se sostiene por la aprobación humana. ¿Qué nos dice esto a nosotros hoy? ¿Acaso no actuamos como Herodes cuando luchamos por mantener lo que hemos construido, por aferrarnos a la paz que nos ofrece el mundo, aunque ello signifique apartarnos de la voluntad de Dios? Examinémonos juntos: ¿Para qué vivo ahora? pensamos “Tengo una casa, una familia, un trabajo. Una vida que me gusta y no quiero que nada la altere”, ¿no hay en ese deseo una forma de idolatría? El llamado de la Palabra, es a reconocer que toda gloria humana es efímera. “Todos los hombres son como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo: la hierba se seca, las flores se caen, pero la Palabra del Señor permanece para siempre” (Isaías 40:8). La grandeza de Herodes se desvaneció ante la realidad de la gloria de Dios. Lo que Herodes nunca pudo comprender es que precisamente «Quien intenta aferrarse a su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por Cristo, la conservará para siempre» (Mateo 16:25).
¿Qué debió hacer Herodes ante la llegada de los magos? Debió haber imitado al rey de Nínive (Jonás 3:6) despojarse de sus vestiduras reales, quitarse su corona, abandonar el trono e ir a Belén para adorar a Jesús. Pero no estuvo dispuesto a hacerlo, y perdió todo. Y tú, ¿a qué te aferras? ¿Qué tesoro temporal te impide ver la grandeza de la vida que se encuentra en Cristo?
Oración: Señor Dios, ante Tu Palabra me reconozco como quien a veces se aferra a tesoros perecederos. Tú, en Tu soberana sabiduría, has traído a mi vida circunstancias que exigen que renuncie a mis planes para abrazar Tu plan eterno y confieso que a menudo mi deseo de seguridad y reconocimiento humano me saca de Tu voluntad para llevarme a refugiarme en lo pasajero. Pero hoy Tu gracia una vez más me llama a la fe y a la obediencia. Renueva mi mente, transforma mi querer, que haya en mí el mismo sentir que hubo en Cristo, para que no busque grandeza en las cosas de este mundo sino en la gloria de Tu reino. Dame la gracia para seguir a Jesús en cada circunstancia, incluso cuando ello signifique enfrentar pérdidas o dolor. Que mi vida sea una adoración continua a Aquel que siendo igual a Dios se humilló a Sí mismo y obedeció hasta la muerte, y muerte de cruz. Amén.
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Comentarios
Amén, Gloria a Dios.
Oh señor que siempre se haga tu voluntad en nuestras vidas .Amén🙏🙏