“Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti Me saldrá el que será Señor en Israel; y Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” Miqueas 5:2
Esta profecía, escrita siete siglos antes de la llegada de Cristo, nos confronta con la soberanía de Dios que, en Su perfecto plan, no improvisa, sino que orquesta cada detalle. Oh cuánto debería maravillarse nuestro corazón y manifestar humildad reverente: si, Belén parecía insignificante ante la mirada humana, pero ante el propósito eterno era el lugar escogido para la venida del Hijo del Dios vivo ¡Cuán vano es nuestro asombro por lo temporal ante la eternidad del consejo del Único Dios Verdadero!
Belén en otrora, fue escenario de historias que hablan de gracia: allí murió Raquel y fue sepultada al nacer Benjamín (Génesis 35:16-19); allí Booz redimió a Rut y nació Obed, el bisabuelo de David (Rut 4). Esa genealogía, de nombres que parecen comunes, revela que la providencia de Dios se teje incluso a través de lo cotidiano. Después del exilio, Belén perdió prominencia ante los ojos de los hombres, pero para el Creador no dejó de ser el lugar en el que el Rey eterno habría de manifestarse en carne: la simiente prometida a Abraham vendría a través del linaje de David, en la ciudad de David, para cumplir las promesas hechas. La profecía se cumple, no por un capricho del poder terrenal, sino por la soberana gobernanza de Dios. Lucas nos dice que César Augusto ordenó un censo, pero no fue su voluntad la que movió la historia: fue la voluntad del Altísimo quien inclinó el corazón de César, como dice Proverbios 21:1, para que el cumplimiento de la promesa llegara a su tiempo perfecto. Oh Iglesia el corazón del rey está en las manos del Señor, y Él dirige incluso a los poderosos según Su propósito. Esto debería confrontarnos con nuestra pretensión de autoridad e invitarnos a rendirnos en confesión ante nuestra dependencia total de la gracia divina: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Santiago 4:15)
En este pasaje del evangelio según Mateo, también podemos ver la tensión entre adoración la verdadera y la adoración fingida. Herodes, que pretende adorar, revela un corazón que no conoce ni busca a Dios en espíritu y verdad. Su manipulación—llamar a los magos en secreto, fingir interés por la gloria del Rey de los judíos—evidencia nuestra facilidad para adornar la fe con apariencias. ¿Cuántas veces en mi vida he buscado justificar mis planes bajo una etiqueta de piedad, mientras mi deseo real es controlar y medir todo según mis intereses? Duele tener que admitir que muchas veces he sido como Herodes: usando la religión para salvar mi imagen o para obtener lo que quiero, en vez de buscar a Cristo con humildad, sumisión a Su señorío y un deseo de magnificar Su nombre.
Los magos finalmente llegan y encuentran a Jesucristo, ya no en el pesebre sino en una casa y pueden por fin adorarle (Mateo 2:11). Ahora bien, preguntémonos ¿Entendían ellos que Él era Dios encarnado? ¿Lo hemos entendido tú y yo? ¿Estoy levantando mi fe para adorarle, no como observador, sino como un discípulo que se rinde a Su gobierno, dispuesto a seguirle incluso si el camino exige pérdida?
Oración: Señor Dios, Padre soberano, me vuelvo a Ti con un corazón quebrantado y contrito. Reconozco que Tu plan de redención se despliega a través de la historia con una precisión que trasciende mi comprensión, y que incluso las acciones de gobernantes han sido herramientas en Tus manos. Te confieso mis inclinaciones a la autodeterminación, a la apariencia de piedad y a la búsqueda de control, y Te pido perdón por todas las veces en que he puesto mi seguridad en primer lugar en todo lo que puedo planear o quiero lograr. Haz de mí un adorador genuino, uno que te adora en espíritu y en verdad, que no se contenta con la mera apariencia, sino que camina en obediencia, aun si el camino es incierto o doloroso. Oh Padre eterno, que mi adoración no dependa de circunstancias visibles, sino de la realidad inmutable de Tu dignidad y gracia. Aumenta mi fe y enséñame a confiar en Tu soberanía, a rendir mi vida a Tu señorío, y a esperar con paciencia la venida de Tu reino. Amén
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Amén. 🙏🙏🙏
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