“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” Mateo 2:11
¿Entendían los magos que aquel niño era Dios encarnado? Tal vez no. Sin embargo, lo que sí es claro es que, al regresar a su tierra, regresaron con una comprensión más profunda del Rey de los judíos de que la que tenían al partir. La Escritura dice que, al verlo, lo adoraron y, después, le entregaron tesoros. En esa simple escena se revela el significado de la verdadera adoración: no es una mera emoción pasajera, sino una confesión de la soberana autoridad de Cristo en palabras y acciones, una entrega total de lo creado al Creador.
Los magos, que son gentiles, llegan desde los confines de la tierra para adorar a Jesús, y este acto, lejos de ser un simple gesto cultural, es una señal de la promesa divina de que la salvación en Cristo alcanzaría a todas las naciones. En Génesis 12:3, Dios promete a Abraham “En tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra”. Varios siglos después Isaías 49:6 amplifica la misión mesiánica: Jesús no solo salva a Israel, sino que Dios dice: “haré también de Ti una luz para los gentiles, a fin de que Mi salvación llegue hasta los confines de la tierra.” El Mesías, la esperanza de Israel, es también la esperanza de los gentiles; y la visita de estos magos confirma que la promesa de un gozo universal ya estaba comenzando. Jesús mismo lo afirmó: “Este evangelio del reino será predicado en todo el mundo, y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). En la expansión de la iglesia a través de distintas naciones se cumple la palabra revelada: cuando personas de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones oyen, creen y adorarán a Jesucristo, el reino de Dios se ha de manifestar en Su plenitud, todos, por la gracia de Dios, se inclinarán ante el Rey.
Pero, ¿por qué envió Dios a Su Hijo? ¿Acaso era este todo el plan? En esta narración, en doce versículos, se nos presentan dos respuestas tangibles a la venida de Jesús: Herodes y los magos. Herodes representa una respuesta en la que el yo se mantiene en control, temeroso de perder su poder, negándose a rendir las coronas de su propio corazón ante la autoridad de Cristo. En contraste, los magos muestran una fe que esta dispuesta a pagar el costo del discipulado, vienen desde los confines de la tierra, ofrecen sus mejores dones y se postran ante el Rey, confiando en la soberanía de Dios para cumplir Sus propósitos. La pregunta que Dios, en Su gracia, nos hace hoy es la siguiente: ¿Qué tesoros traes al Rey? Quizá no tengas oro, incienso o mirra, pero sí tienes vida, tiempo, dones y fuerzas. ¿Estás dispuesto a entregar a Él todo, sin reservas? Y si aún sientes que nada tienes para darle, ¿estás dispuesto a recibir de Él la gracia que te salva, a rendirte a Su Señorío y a descansar en Su obra redentora? Imagina a los Magos postrados ante Jesús y pregúntate si alguna vez te has postrado ante Él en fe y obediencia. ¿Has reconocido la deidad de Jesús, Su perfección, y Su muerte en la cruz por ti? Acércate y adora; todos deben venir y traer lo más valioso que guardan. Examina tu vida y rinde todo a Jesús en adoración, con una confesión explícita de tu necesidad de gracia y de la soberanía de Dios sobre cada aspecto de tu existencia.
Oración: Señor Dios, en Tu misericordia me revelas la grandeza de Tu Hijo y me llamas a una adoración que no se contenta con palabras. Pido perdón por las veces en que mi corazón ha buscado seguridad en tesoros terrenales en lugar de hallar descanso en el señorío de Cristo. Ayúdame a reconocer que toda bendición proviene de Ti y que mi vida junto con todo lo que me has dado, es para la gloria de Tu nombre y la extensión de Tu reino entre las naciones. Que mi fe no sea meramente doctrinal, oh Señor que yo viva en constante dependencia de Tu gracia, que mi adoración se traduzca obediencia real y que mi vivir contribuya a que el Evangelio alcance los confines de la tierra. Te suplico, Señor, que mi vida declare la verdad de Tu suficiencia y que, al mirar a Jesús, yo pueda decir: mi esperanza está anclada en la gracia que me salva y en la soberanía de mi Rey. Amén
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Amado padre ayúdanos a entregarnos a tu soberanía, amén 🙏🙏