“Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” Mateo 2:16
Ante nosotros la descripción del comportamiento de un hombre cuyo poder parecía tambalearse ante el cumplimiento de una promesa de Dios. En su inseguridad, él se aferra a lo que es visible y temporal, buscando conservar su trono a cualquier precio. La irritación y la furia que le sobrevienen al oír que los magos han hecho caso omiso de su requerimiento revelan una mente dominada por el pecado: una lógica que no sostiene la verdad de Dios, sino que la distorsiona, la desfigura y la empuja hacia lo irracional. El Dios que había ordenado y permitido la prosperidad de Herodes estaba ahora ofreciéndole la mayor dadiva que había experimentado hasta ese momento y él se niega a recibirla. Este es un comportamiento contradictor, porque ¿Qué sentido tiene recibir las dádivas de la gracia y, sin embargo, negarle la adoración y gratitud a Aquel que nos la ofrece? Es contradictor, pero es lo que hacemos, la corrupción del corazón humano convierte la bondad de Dios en un pretexto para la rebelión.
La orden de matar a todos los niños de Belén de dos años o menos revela hasta donde puede llegar el alcance de la maldad cuando el hombre intenta manipular los acontecimientos para sostener aquello que es su tesoro. En el fondo, su impulso no es mera crueldad aislada, sino la expresión de un corazón que no confía en la Palabra de Dios y depende de su propio esfuerzo. Este rasgo no es tan ajeno a nosotros, incluso en los que se profesan cristianos: cuántos oyen el evangelio, cuántos oyen ese llamado a arrepentirse y a creer verdaderamente en Cristo, pero se aferran a lo que el mundo ofrece. En la inflexible soberbia de Herodes se advierte la raíz de nuestra propia resistencia: la confianza en que nuestro plan es mejor que el plan de Dios, el tener a Dios más como aquello que hace prosperar nuestros planes. También actuamos como Herodes cuando vivimos para defender lo que nos complace y no para traer gloria a Aquel que se hizo hombre y tomó nuestro lugar en la cruz.
El mayor crimen de Herodes no fue solo la matanza de inocentes, sino su negativa a humillarse ante ese que es la piedra que fue cortada no con mano para desmenuzar la gloria de los reinos humanos (Daniel 2:44-45) estaba escrito que el que cayere sobre esta piedra sería quebrantado; y sobre quien ella cayere, sería desmenuzado (Mateo 21:44) Herodes no pudo ver la maravillosa oportunidad que Dios le estaba otorgando, él se resistió a humillarse y opto por hacer lo que fuera necesario para retener lo que a sus ojos había logrado y era su tesoro. Y, aunque no era su intención sus acciones dieron cumplimiento a la profecía: “voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que lamenta por sus hijos, y no quiso ser consolada acerca de sus hijos, porque perecieron” (Jeremías 31:15). El sufrimiento de esas madres es un recordatorio de las terribles consecuencias que pueden surgir cuando nos negamos a humillarnos ante Dios. Pero incluso este detalle tan sombrío era conocido y había sido anunciado, porque no hay nada que sorprenda a Aquel que orquesta la historia para la gloria de Su nombre.
Tropezamos del mismo modo que Herodes cuando sucumbimos a la tentación de convertir la fe en un medio para lograr nuestros proyectos, él simuló querer adorar (como lo hacen tantos), pero en su corazón no estaba la intención de abandonar el trono para humillarse ante el Rey de reyes, tropezamos como Herodes cuando nos deslumbra más lo temporal que lo eterno, cuando tenemos en poco estar al servicio de la gloria del Único Dios Verdadero y decidimos vivir para nuestra propia gloria... si no estamos dispuestos a caer humillados sobre esta piedra tampoco tendremos un Salvador el día que tengamos que dar cuentas de nuestras obras, seremos culpables y estaremos solos, completamente solos y sin ninguna esperanza (Hebreos 9:27)
Oración: Amado Dios, perdona nuestra inclinación a confiar en lo pasajero de este mundo y a temer la pérdida de aquello que es temporal. Perdona oh Señor nuestra incredulidad, los esfuerzos que hacemos para justificar nuestra rebeldía y desobediencia. Renueva en nosotros un espíritu humilde que teme Tu presencia y que desea complacer Tu corazón, aun cuando ello implique un costo que duela pagar. Ayúdanos a vivir intencionalmente para buscar Tu gloria y no meramente nuestras metas. Ayúdanos a amar a Cristo plenamente, a obedecerle con gozo y a esperar con anhelo que Su reino venga para establecerse completamente. Amén
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Señor ayúdanos que nuestro corazón sea dominado por ti y no por nuestra rebeldía amen 🙏🙏🙏
Amén, perdona nuestra maldad y ayúdanos a confiar plenamente en ti.