“Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño… y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno” Mateo 2:20,23
Al considerar el registro histórico de la vida, la obra y la muerte de Herodes, me confronta la verdad solemne de que ningún pecado humano pasa inadvertido ante la justicia de Dios y que, en verdad, la culpa de aquel tirano no fue pasada por alto por el Único Dios Verdadero. Su muerte fue lenta y dolorosa; y, en medio de su agonía, ¿qué le esperaba? Hebreos 10:27 nos advierte con claridad: «Una horrenda expectativa de juicio y de fuego ardiente que ha de consumir a los enemigos de Dios». Este castigo no es un capricho divino, sino la justa remuneración de aquel que ha sido rebelde contra el deber de la criatura respecto al Creador y Su gloria. Y mientras esa realidad amedrentaba a Herodes, la obediencia de José resplandece con fuerza, la Escritura dice una vez más: se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al ver que Arquelao reinaba en Judea, tuvo temor; y, obedeciendo de nuevo, se trasladó a la región de Galilea, a Nazaret, cumpliéndose lo dicho por los profetas: “Será llamado Nazareno”.
La palabra nazareno no aparece explícitamente en el Antiguo Testamento, pero Mateo nos señala que los profetas lo anunciaron. ¿Qué era un Nazareno en la Judea del primer siglo? Era alguien que provenía de un lugar despreciado, algo así como la escoria de la nación. ¿Recuerdas dicho por Natanael? “¿Nazaret? ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?” Esa era una reacción común, por ello esta particularidad de Cristo era una piedra de tropiezo para muchos. Jesús al iniciar Su ministerio proviene del lugar menos estimado de Israel; y, sin duda, eso cumple la profecía del profeta Isaías: “No había nada hermoso ni majestuoso en Su aspecto, nada que nos atrajera hacia Él. Fue despreciado y rechazado: hombre de dolores, conocedor del dolor más profundo. Nosotros le dimos la espalda y desviamos la mirada; fue despreciado, y no nos importó” (Isaías 53:2-3 NTV). Fue despreciado, es decir, no le fue dada la estima que merecía. Será llamado Nazareno… es decir, será menospreciado en su vida. Tal como lo expresó el apóstol Juan en su evangelio «A lo Suyo vino, y los Suyos no le recibieron» (Juan 1:11) El pensamiento de Natanael era el pensamiento de todos: ningún Mesías podría venir de Nazaret. Y, sin embargo, a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12)
Hoy, nosotros no recibimos revelaciones angelicales personalizadas; en cambio, Dios nos ha concedido algo mucho más precioso: la plenitud del Espíritu Santo morando en nosotros. Isaías describe esta guía del Espíritu Santo diciendo “Ya sea que te desvíes a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una voz a tus espaldas que dice: ‘Este es el camino. Andad por él’” (Isaías 30:21). Cristo vino para darnos un Ayudador que nos guiara a toda verdad a través de la Escritura ¿Hemos permitido que la guía de Dios direccione nuestra vida? La Escritura es inequívoca: aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Seguir la guía de Dios no es una opción meramente ética; es la evidencia de que hemos sido alcanzados por la gracia de Dios. El Espíritu Santo primero nos convence de nuestra necesidad de un Salvador y luego nos empuja a entregar nuestra vida a Jesucristo y dejar nuestros pecados a los pies de la cruz. ¿Has obedecido a ese llamado? ¿Estas siguiendo hoy Su guía? Este año nuevo se presenta ante nosotros como una oportunidad para una confesión más profunda: confesar que dependemos plenamente de Su dirección, que nuestros planes están sometidos a Su voluntad, y que cada decisión nuestra será examinada a la luz no de lo que nos complace sino a la luz de Su gloria.
Estos son días para reconocer nuestra fragilidad y confesar ante Dios que necesitamos que en Su gracia nos conceda poder oír Su voz con mayor claridad y poder obedecer con mayor fidelidad a lo que Él nos permite oír. Días para reconocer que, si Dios va con nosotros, sin importar las circunstancias que se presenten en lo porvenir todas ellas se convertirán en una oportunidad para ver como la gracia puede transformar todo lo que se coloca bajo su cobertura.
Oración: Amado Dios, te confieso que a veces he dudado de Tu obra en mi vida y he buscado mi propia gloria en lugar de la Tuya. Precioso Espíritu Santo necesito de Tu poder revelando mi pecado, guardando mis pasos y fortaleciéndome cada día para andar como lo hizo Cristo. Ayúdame a abandonar todo aquello a lo que yo pueda atribuir mi confianza, a seguir a Jesús por fe, y a vivir con la humildad de quien sabe que depende de la gracia para terminar bien la carrera. Que cada día de este nuevo año en mi corazón pueda ser hallada la determinación de vivir bajo el señorío del Único Dios Verdadero de tal manera que el transcurrir del tiempo se evidencie que ya no vivo yo sino Cristo en mí y que lo que vivo en mi carne lo vivo para Tu gloria de Aquel que me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Amén
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Amén, ayúdame señor.
Amén. 🙏🙏🙏