“En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” Mateo 3:1-2
Hoy quiero iniciar esta meditación con una pregunta ¿qué hace grande a una persona ante Dios? La grandeza que abruma a los hombres es descartada por la sabiduría divina, que ve en lo profundo del corazón y no meramente a la apariencia exterior. A través del apóstol Pablo, Dios nos recuerda nuestra realidad: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:26-27). Esta es la verdad que derriba toda presunción y revela que nuestra grandeza no depende de logros humanos, sino de lo que Dios ve en nuestro corazón tal como lo dijo a través del profeta Samuel “El Señor no mira las cosas que el hombre mira, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón” (1 Samuel 16:7). Si aspiramos a ser grandes ante Él, nuestra grandeza debe emanar de lo interior, en la realidad de la fe que se manifiesta a través de la obediencia.
Jesucristo dijo “Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48). ¿Puede el hombre realmente alcanzar este estándar y cumplirlo? Bueno, nunca se nos ha ordenado nada que no podamos alcanzar en Cristo. Respecto a este mandamiento en particular es posible, sólo si hemos sido justificados por la fe en Cristo y en la santificación que procede de la obra del Espíritu Santo. Esto es lo que hace posible que en la Escritura tengamos ejemplos de hombres que fueron grandes ante Dios: Abraham fue llamado amigo de Dios; Moisés es de quien Dios dijo que con él hablaría cara a cara; Job fue ese hombre de quien Dios alardeo delante de Satanás; de David Dios dice: un hombre conforme a mi corazón; Daniel fue llamado un hombre muy estimado por Dios (Génesis 18:17; Números 12:7-9; Job 1:8; Hechos 13:22; Daniel 9:23). Y, sobre todos estos ejemplos, Jesús señala a Juan el Bautista como el mayor entre los nacidos de mujer (Mateo 11:11). ¿Y por qué Juan? ¿Cuál es ese extraordinario logro que le hizo merecer este reconocimiento? Bueno, en su vida se manifiestan varias verdades que exhortan y también consuelan.
Juan fue grande porque obedeció de todo corazón a Aquel que lo llamó a la misión y lo sostuvo en su labor. Fue grande por su humildad ante Cristo; él no buscó su propia gloria, sino la gloria de Aquel que lo envió. Y por fe, vio a Jesús no solo como un maestro o un profeta, sino como el Mesías y el Cordero provisto por Dios para quitar el pecado del mundo (Juan 1:29). Qué asombroso privilegio que Juan mucho antes que otros, pudiese reconocer a Cristo como el cordero de Dios. Juan también habló la verdad, aunque fuera dolorosa. Su predicación brotaba de una relación profunda con Dios por lo tanto no estaba en él el deseo de hacer sentir bien a sus oyentes sino glorificar a su Señor, por ello ante la predicación de Juan solo había dos respuestas: te arrepentías verdaderamente y producías frutos dignos de arrepentimiento o te oponías con amargura a lo que salía de su boca. Juan sabía el costo de su fidelidad lo que él hacía no era un ministerio de espectáculo, sino de proclamación fiel de la Palabra de Dios. Su llamado fue sencillo y consistente: predicar y bautizar, él no hizo milagros; simplemente dio un testimonio claro y poderoso que preparó el camino para el Señor.
Iglesia, volvámonos hacia la humildad radical de Juan y hacia la necesidad de vivir ante Dios con una conciencia afinada por la gracia. Entendamos que la verdadera grandeza no se mide por cuanto nuestras vidas impresionan a los hombres, sino por la fidelidad con la que respondemos al llamado de Dios, por una fe que se manifiesta en obediencia, y por una vida que revela que el reino de Dios se ha acercado en Jesucristo. Examinémonos si en verdad nuestra vida refleja la gracia y no la vanidad que caracteriza al mundo, si refleja una obediencia que confía y no la autosuficiencia que presume.
Oración: Señor cuan fácil es deslizarnos hacia la auto exaltación y a valorar lo visible más que lo interior. Gracias por mostrarnos a través de Tu Palabra que la grandeza verdadera proviene de la gracia que transforma y hace nuevas todas las cosas. Ayúdame a responder con obediencia que no duda a Tu llamado, a imitar la humildad y fidelidad de Juan el Bautista, a proclamar Tu verdad con un amor que no busca gloria para sí mismo sino gloria para Cristo. Que mis palabras y mi vivir reflejen la realidad de que el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, es el centro de mi fe. Fortaléceme para confesar mis pecados con arrepentimiento genuino, para testificar en toda circunstancia la gracia que me ha salvado y para vivir en obediencia a Tu Palabra, confiando siempre en Tu soberanía. Amén
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Amén, amén, ayúdanos Señor a amarte y soportar con amor la oposición y el rechazo, todo para tu Gloria eternamente y para siempre.
Amén 🙏🙏