Montañas y valles del alma

Publicado el 14 de enero de 2026, 3:35

“Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre” Mateo 3:4

En tiempos antiguos era común que un heraldo, vestido con ropas elegantes, anunciara la llegada de un rey. Pero Juan el Bautista no siguió ese protocolo; en el desierto, con vestiduras ásperas, se dio a la tarea de preparar el camino del Rey de reyes.

¿Qué decía su mensaje mientras predicaba? En Mateo 3:2, su llamado fue claro y directo: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Arrepentirse implica un giro radical: abandonar la dirección que veníamos siguiendo y volvernos, de forma decisiva, hacia una ruta contraria a la que traíamos. Es una renovación de la manera de entender el pecado, la justicia, el juicio y la santidad. A partir de ese arrepentimiento, se inaugura una vida nueva; no es solo una reacción ante el castigo o las consecuencias, sino una respuesta ante el agravio que provoca el pecado ante un Dios santo. El arrepentimiento auténtico se expresa en una disposición inquebrantable: me arrepentiría de esto, incluso si nunca tuviera que sufrir castigo alguno, solo porque desagrada a Dios. Esa es la esencia del arrepentimiento genuino, y eso fue lo que él proclamó: “Arrepiéntanse, cambien su forma de pensar, cambien su forma de vivir”. Y el motivo es claro: el reino de los cielos está cerca. Ahora ¿Qué es ese reino de los cielos? Es el reino en el que se obedecen las normas de Dios; tal como oramos en el Padrenuestro: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre. Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Ese es el reino de Dios: el lugar donde Jesús es obedecido como Rey. Juan exhortó: “Arrepiéntanse, no pueden entrar en el Reino a menos que se arrepientan, a menos que cambien de opinión sobre el pecado y estén dispuestos a obedecer la voz de Dios. Arrepiéntanse porque el reino de los cielos está cerca”. Así, de este modo hizo aquello para lo cual nació: preparar el camino del Señor.

Para entender su ministerio, debemos volver a Isaías: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado” (Isaías 40:3-5). Esta es la misión completa de Juan descrita por Isaías. Comprenderla requiere entender el lenguaje figurado de Isaías, que usa elementos físicos para referirse a realidades espirituales. La “montaña alta” representa la arrogancia y el orgullo humanos, que deben ser nivelados para abrir paso al Señor. ¿Qué es entonces una montaña? Es la autosuficiencia, esa confianza en uno mismo que no siente necesidad de arrepentirse, ese sentir “alto” que nos hace estar confiados y cómodos. Y si eso es una montaña, ¿qué es un valle? Bueno, alguien tan quebrado por el pecado que cree que no hay perdón y que ha perdido la esperanza de ser aceptado por Dios. Juan alienta a esas personas a preparar el camino del Señor a través del bautismo, él proclamó que hay perdón de Dios si se arrepentían y se bautizaban.

De este modo, nivela las montañas cuando se dirige a los fariseos y saduceos, y eleva los valles cuando toma a esos humildes pecadores y dice: “Hay perdón de Dios”. ¿Qué método utilizó? Bueno, él llegó con la fuerza y el espíritu de Elías, con un mensaje que desnudaba a hombres y pueblos ante la santidad de Dios y los conducía al arrepentimiento.

Oración: Señor Dios, ante Tu santidad confieso mi condición. Reconozco que, en mi arrogancia y autosuficiencia, muchas veces he vivido como si pudiera prescindir de Tu gracia y de Tu reino. Oh Señor vengo a Ti con un arrepentimiento que nace no de la amenaza del castigo, sino del entendimiento de la dignidad de Tu nombre. Tú, que miras el corazón, sabes que mi impulso natural es oponerme a Tu voluntad; pero por Tu Espíritu nos llamas a allanar nuestras alturas y despojarnos de toda confianza en la carne. Oh Padre eterno, que Tu verdad derrumbe las montañas de nuestra arrogancia y que el consuelo de Tu perdón eleve los valles de nuestra culpa. Que el bautismo de la fe señale la entrada a la vida de obediencia, no para ganar Tu favor, sino para vivir en la realidad de Tu reino que ha sido inaugurado en Cristo. Señor, que el ejemplo de Juan, nos impulse a preparar el camino del Señor en nuestras comunidades: que haya fruto digno de arrepentimiento, que haya hambre y sed de justicia, que se prepare la senda para que Tu gloria sea derramada entre Tu pueblo y a través de él. En el nombre de Jesús, Amén

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Comentarios

Yamileth
hace un mes

Amén, ayúdanos señor a ser como tú quieras que seamos.

Shirley García
hace un mes

Amén 🙏🙏🙏