“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?” Mateo 3:13-14
El bautismo de Juan, al ser concebido como un acto de arrepentimiento para el perdón de los pecados, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos ante la presencia de Aquel que no tiene pecado. Los fariseos y saduceos acudieron a Juan para ser bautizados, y él los rechazó porque no reconocían la necesidad de su propio arrepentimiento. En cambio, la escena con Jesús revela una realidad distinta: Jesús no tiene necesidad de arrepentimiento, porque es Santo, puro y sin mancha. A la luz de esto, percibimos la perspicacia espiritual de Juan, su capacidad para discernir la santidad de Aquel a quien bautizaba, y al mismo tiempo su humildad. Juan sabía que Jesús era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y esa es una revelación que no provino de carne ni sangre sino directamente del Padre que está en los cielos. Efectivamente, Jesús es sin mancha y, sin embargo, viene a participar del bautismo de Juan para identificarse con nuestra condición.
La humildad de Juan es casi palpable cuando admite: “Necesito ser bautizado por Ti. ¿Y Tú vienes a mí?”. Este reconocimiento, expone la fragilidad humana ante la majestad de Dios. Pero también es una manifestación de como a veces sucumbimos a la tentación de querer decir a Dios lo que debe hacerse. Pero la exhortación amorosa de Jesús al decirle: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”, nos confronta con pared infranqueable: la justicia de Dios no se mide por nuestra percepción humana, sino por Su santidad y fidelidad. Cumplir la justicia de Dios es amar lo que Él dice que es correcto y desear obedecer Sus designios, incluso cuando nuestra razón se vea limitada para comprenderlos. Al descender a las aguas del Jordán para ser bautizado ocurre una identificación profunda y hasta ese momento velada para quienes eran testigos oculares del acontecimiento: Jesús se estaba uniendo a nosotros en nuestra condición de pecadores, tal como Isaías lo profetizó siglos antes: El Siervo sería contado entre los transgresores (Isaías 53:12) ¿Qué veían los testigos oculares de ese momento? un pecador más siendo bautizado. Este acto es esencial para nuestra salvación: para nosotros no hay otra forma de ser salvados aparte de que Aquel que es puro y sin pecado se identificara con nuestra pecaminosidad. Lo que está ocurriendo aquí es el comienzo de un gran intercambio planeado por Dios desde antes de la fundación del mundo: al que no conoció pecado por nosotros lo hizo pecado, para que en Él fuésemos hechos justicia de Dios. ¿Ves el cambio? Él asume nuestra inmundicia y nos da Su santidad y Su justicia… esta identificación es la gracia que sostiene nuestra fe.
El bautismo de Jesús también simboliza Su muerte, y la Escritura en Lucas 12:50 lo expresa vívidamente: “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!”. Aquí la imagen de la inmersión total en la muerte se volvió real para nuestro Salvador. El bautismo no es solo un rito; es un testimonio de la obediencia de Cristo, un camino de identificación con nosotros, y un modelo de justicia para Sus discípulos. Jesús enseña con Su ejemplo que la justicia de Dios se manifiesta en vivir y actuar conforme a la voluntad del Padre, incluso cuando implica sacrificar nuestra comodidad. De la misma manera que Jesús se sometió al bautismo, Sus seguidores también deben disponerse a obedecer este primer acto de obediencia, que es la sumisión de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Juan el Bautista aceptó el designio, aun sin comprenderlo plenamente en todos sus niveles. En esa aceptación se revela una profunda confianza: no todo nos es explicado, pero Dios es fiel.
Oración: Señor, ante Tu sabiduría y santidad, confieso que mi entendimiento a menudo tropieza con Tu plan. Te agradezco por la humildad de Cristo, que siendo igual a Dios se hizo carne para identificarse conmigo y llevar mi culpa a la cruz. Ayúdame a ver que Tu justicia no es una norma fría, sino un amor que se asegura de que a mí me vaya bien todos los días de mí vida. Enséñame a responder con humildad ante Tus disposiciones, a confiar incluso cuando no entiendo, y a recordar que toda mi vida debe ser una ofrenda de grato olor en Tu presencia, para la gloria de Tu nombre. Amén
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Señor ayúdanos a ser obedientes y ser testimonio de obediencia, amén🙏🙏🙏.
Amén.