“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre Él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” Mateo 3:16-17
Vivimos rodeados por una realidad espiritual que precede el mundo material que muchas veces ignoramos porque nos acostumbramos a ser más conscientes de aquello que podemos ver y palpar. Por un momento, en este punto de la historia ese velo entre lo visible y lo invisible fue abierto y una paloma descendió, evidenciando al Espíritu Santo descendiendo y permaneciendo sobre Jesús, quien es Aquel a quien pertenece y le ha sido dado el derecho a reinar (Ezequiel 21:27). Juan el Bautista reconoce en esta manifestación visible la confirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, Él es el Rey para quien ha estado preparando el camino.
En la historia de Israel, cuando alguien iba a ser rey, un profeta ungía su cabeza con aceite, simbolizando autoridad y el respaldo divino para gobernar. El primer ungido fue Saúl, y luego David y en ambos sucesos el derramamiento del aceite era seguido por la llenura del Espíritu Santo que venía sobre el rey para dotarle de sabiduría y dirección (1 Samuel 11:6; 1 Samuel 16:13) Con Jesús no sucede una unción meramente simbólica ante los hombres, sino una manifestación visible: la presencia misma del Espíritu Santo desciende sobre el Ungido en forma en forma paloma. Esta coronación es la inauguración del reino de los cielos en la persona de Cristo, tal como había sido dicho en Isaías 11:1-2 “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y reposará sobre Él el Espíritu de Jehová; Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” ¿Quién más sino Jesús es anunciado en esta profecía? Jesús estuvo saturado por el Espíritu Santo en todo Su ministerio: en la enseñanza, en la compasión y en el poder para destruir las obras de las tinieblas. Cuando inició Su ministerio en Nazaret, Él leyó en el rollo del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; para anunciar buenas noticias a los pobres, liberar a los cautivos y proclamar el año de gracia del Señor” ¡Con cuanta precisión fue anunciado el ministerio de Cristo! Esto es lo que nos permite a nosotros saber que cada palabra y cada acción de Jesús era intencional, el Padre había dado a conocer lo que haría el Mesías y es lo que hizo: Él no vino a hacer Su voluntad, sino a hacer la voluntad del Padre, a cumplir toda justicia.
Entonces en esta escena del bautismo no sólo vemos la unción del Rey, sino que es el inicio del cumplimiento de aquello que fue anunciado por Juan: Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. ¿Has experimentado ese bautismo en Espíritu Santo? Si eres creyente, ya has recibido esa gracia en la medida en que has sido unido a Cristo por la fe… Jesús vino a ti para darte ese don. Y entonces, una voz desde el cielo declaró: “Este es mi Hijo amado; en Él tengo complacencia” ¡Qué maravillosa proclamación! El gozo del Padre en el Hijo es el fundamento de nuestra salvación, porque estás unido a Cristo por la fe, el Padre te ama a ti también.
Oración: Padre celestial, Te alabo porque en Tu Hijo nos revelas la plenitud de Tu gloria y la certeza de Tu amor. Hazme consciente de la solemnidad de Tu presencia y de la realidad de Tu reino que ya está entre nosotros. Quita de mi toda conformidad a este siglo, renueva mi entendimiento y concédeme la gracia para andar como anduvo Cristo. Que la certeza del gran amor con el que me amaste en Él aumente en mí el deseo de buscarte cada día, depender de Tu gracia y servir con mansedumbre y en el poder de Tu Espíritu. Amén
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Amén
Amén. Gracias por hacernos aceptos en el amado sin merecerlo.