“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” Mateo 4:1
En un pasaje tan sobrio se abre una pregunta: ¿tentación o prueba? El lenguaje griego ofrece ambas posibilidades. Una tentación es una atracción hacia el mal, una invitación a apartarnos de la voluntad de Dios; y por tanto no proviene de Él, porque, como dice Santiago 1:13-14, “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” En cambio, una prueba es un accionar divino para revelar y formar el carácter de la fe, tal como se nos cuenta respecto a Abraham: “Aconteció que después de estas cosas, que probó Dios a Abraham y le dijo ‘Abraham, toma a tu hijo, tu único hijo a quien amas, y sacrifícalo en el monte que Yo te mostraré’” (Génesis 22:1-2). Aunque el vocablo puede traducirse de ambas maneras, la diferencia está en la intención detrás del evento: una prueba busca exponer y fortalecer la fe, mientras la tentación intenta desviarnos.
La intención de Satanás era tentar a Cristo y la intención del Padre era manifestar la humanidad perfecta de Cristo, en Él no había ninguna atracción hacia el pecado, Él es un mejor Adán. Nosotros, en cambio, somos seres caídos, y con vestigios de pecado y por tanto sensibles a la tentación. Cada vez que cedemos, fortalecemos esa sensibilidad y por tanto la siguiente tentación llegará a sentirse más poderosa. Pero, al resistir, vamos debilitando esa inclinación y, poco a poco, la gracia de Dios nos habilita para avanzar y crecer en santidad. Entonces, en el desierto se revela, la pureza del carácter de Jesús y la maldad de Satanás. Consideremos nuestra propia fragilidad frente a la adversidad espiritual ¿Cuán tentados nos sentimos cuando el cansancio, la enfermedad y la necesidad material se hacen presentes? ¿Cómo respondemos cuando la debilidad nos roza y el enemigo acecha con insinuaciones que buscan apartarnos de la fidelidad a Cristo? Iglesia no hay lucha humana que pueda vencerse por mérito propio; necesitamos la gracia que se derrama por medio de la fe en Cristo. El adversario no espera a nuestra fortaleza para atacarnos; él puede percibir cuándo estamos débiles y aprovecha ese punto. Pero allí mismo, en la debilidad, es donde se nos ha prometido que el poder de Dios se perfecciona y la gracia de Cristo se hace suficiente así que no hay razón para caer.
¿Y qué hacemos ante esa realidad? No seamos orgullosos al enfrentar la tentación; confesemos nuestra incapacidad y apropiémonos de la gracia que viene de Dios. Estamos en una lucha real con una serpiente que quiere devorarnos, y sólo la obra de Cristo nos da la autoridad para decir: ya no vivo yo, más vive Cristo en mí. Jesús vino a darnos ese poder: poder para vencer al pecado por la obediencia al Padre, poder que no depende de nuestra fuerza, sino de la gracia que se derrama en la comunión con Él.
Oración: Padre Santo y misericordioso, me señalo ante ti como una criatura que depende de Tu gracia. Reconozco la realidad de la tentación y ruego por Tu ayuda para hacer de cada tentación una prueba que manifiesta y refuerza el carácter de Cristo en mí. Lléname con Tu Espíritu para andar en fidelidad a pesar de mis muchas debilidades, para que, al mirar a Cristo, mi fe se fortalezca, mi corazón se purifique y mi vida honre Tu nombre. Que cada día pueda levantarme con la certeza de que Tu gracia es suficiente y Tu siempre podrás perfeccionarte en mi debilidad. Amén
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Amén.
Amén, ayúdanos Señor.