“Y vino a Él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” Mateo 4:3-4
Cuan terrible es la lucha entre confiar en la provisión de Dios en el tiempo de Dios y exigir la satisfacción inmediata de aquello que consideramos es nuestra necesidad. El impulso de autoservicio que el diablo presenta—usa tu poder para satisfacer lo físico, cuida de ti mismo, esfuérzate para que no te falte nada—resuena en cada experiencia de tentación. ¿Cuántas veces hemos sido tentados a fundamentar nuestra vida en lo que podemos ver, en lo que podemos palpar, o en lo que nos satisface de inmediato? Esa inclinación, en última instancia, pretende que nuestro corazón dependa de la criatura más que del Creador. Pero Jesús no cede; Su vida está anclada en la Palabra de Dios, no en la satisfacción de apetitos pasajeros. Él se alimenta de aquello que viene de la boca de Dios, no de lo que el mundo ofrece para gustar y agradar al instante.
Queda para nosotros un eco que va más allá de un momento histórico: el desafío de elegir entre pan y promesa, entre lo temporal y lo eterno. En Su crucifixión también se nos muestra algo parecido: “Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a Ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a Sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en Él” (Mateo 27:39-42) si Jesús hubiera descendido de la cruz para salvarse a Sí mismo, ¿qué hubiese sido de nosotros? Él conocía costo de la obediencia y por ello permaneció firme, confiando en la soberanía del Padre que pudiendo librarle no lo hacía. Iglesia somos discípulos de Uno que no vivió para asegurar Su bienestar inmediato sino para obedecer al Padre en todas las cosas, confiando en Su provisión y en la sabiduría de Sus determinaciones… honremos Su vida viviendo del mismo modo.
Cuando Jesús cita la Escritura para decir “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, no está señalando un menú amplio de comidas permitidas, sino una dependencia continua. Dios proveyó a Israel en el desierto con maná día a día, esta era una gracia que sostenía sus pasos y fortalecía su fe. De igual modo, nosotros hoy debemos caminar confiando en que cada instante es una oportunidad para beber de la fuente que no se agota. Escuchar a Dios en la Escritura no es un acto distante; es una conversación viva, una nutrición inmediata que da sentido y dirección a nuestro caminar. Por tanto, el ejemplo de Jesús nos invita a examinarnos: ¿qué es lo que realmente gobierna mi vida? ¿Mi apetito, mis deseos y necesidades inmediatas, o la voluntad de Aquel que me llamó de tinieblas y que continúa obrando Su obra en mí? El camino del discipulado, es un camino de dependencia radical: fortalecidos por la gracia, nos levantamos cada día para obedecer, confiar y esperar. No se trata de negar nuestras necesidades, sino de subordinar la satisfacción personal a la voluntad de Dios, sabiendo que Su voluntad es la comida que nutre eternamente.
Oración: Señor, gracias por mostrarnos en Tu Hijo el ejemplo de la fe que se sostiene en Tu Palabra. Te confieso mis frecuentes impulsos de asegurarme de tener lo que quiero y mi tendencia a buscar la satisfacción rápida de mis apetitos. Renueva en mí un hambre y sed de justicia que se alimenten diariamente de lo que sale de Tu boca. Que mi vida sea un testimonio de dependencia continua: no de pan sólo, sino de cada promesa que haces. Aplica en mi interior la gracia que transforma deseos y prioridades, para que pueda vivir con paciencia, esperanza y obediencia, confiando en Tu provisión y en Tu plan para mí. Amén
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Amén
Amén.