“Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás. El diablo entonces le dejó” Mateo 4:8-11
Esta no es meramente una escena de triunfo personal; es una enseñanza íntima sobre la naturaleza de la tentación, el objetivo de nuestra adoración y la administración de la promesa divina frente a la seducción de ese reino que es posible ver y palpar.
Satanás le propone a Jesús un poder inmediato y total, un señuelo de gloria que parece responder a las ansias más hondas del corazón humano: belleza, magnificencia, dominio. Y, sin embargo, la Escritura nos revela que Jesús mira más allá de la apariencia exterior. Él ve las personas que componen esos reinos y comprende que allí hay quienes que, a pesar de portar una corona terrenal, estarían perdidos eternamente si es por la obediencia redentora que Él está dispuesto a cumplir en la cruz. Jesús no se deja seducir por el esplendor visible; porque Él percibe esa gloria que Satanás no puede entender, la gloria y la belleza del plan soberano trazado desde la eternidad para traer salvación. A esas vidas, a esas personas, Cristo quiere redimirlas y gobernarlas, y lo hace a Su manera, sin distraerse con el esplendor pasajero que Satanás exhibe para impresionar los ojos y seducir la carne. Nada de eso puede satisfacer verdaderamente cuando nos aparta de Dios. Hay una luz, una gloria que Satanás no comprende, y esa es la que Jesús busca revelar. Pero también hay una algo mucho más profundo que se manifiesta en Su rechazo: una repulsión legítima ante la idea de adorar a alguien que no es Dios. Por eso declara con firmeza: “aléjate de Mí, Satanás, porque escrito está: adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás” Fuimos creados para servir y adorar al Único Dios Verdadero, y esa vocación no debe ser desviada hacia otros objetos. Servimos a algo: o servimos a Dios o servimos a nuestra carne, a nuestros deseos… pero siempre servimos a algo, y Jesús nos está señalando el camino correcto para vivir conforme a esa vocación.
Lo que une todas estas tentaciones es su afinidad con el mundo: todas apuntan a un reino visible y temporal, porque eso es lo único que Satanás puede ofrecer. Él no tiene derechos sobre el futuro ni sobre la eternidad. En Apocalipsis se nos recuerda que el diablo sabe que su tiempo es corto y que sólo puede ofrecer placeres temporales (Apocalipsis 12:12). En contraste, Dios puede conceder gozo eterno y deleite a Su diestra para siempre, por ello “no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (Juan 2:15-16) Y la promesa consoladora es que el mundo y sus deseos pasan, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17). Al resistir la tentación, Jesús no sólo vence en ese momento, sino que anticipa la victoria futura que su obediencia logrará para todos los que le siguen. En el gran plan de la redención, Dios hará que todos los reinos de este mundo se humillen ante la soberanía de Cristo: toda rodilla se doblará, toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. Oh amada Iglesia Satanás no tiene nada que ofrecerte que Dios no pueda superar cien veces más si tan solo tienes paciencia y lo haces a Su manera. Vivamos intencionalmente no para buscar tesoros o glorias visibles como fin último, sino para humillarnos y vivir como es digno de la vocación con que hemos sido llamados (Efesios 4:1-13). Si en verdad le hemos conocido y hemos creído en Su Nombre, nuestro deseo debe alinearse con la voluntad de Aquel que es nuestro Señor, conscientes de que, a Su tiempo, Dios desmenuzará toda autoridad que no esté bajo Su señorío (Daniel 2:44)
Oración: Señor Dios, vengo ante Ti reconociendo mi tendencia a admirar lo visible y a buscar seguridad en los tesoros de este mundo. Confieso que a veces he sucumbido ante la tentación de adorar lo que no eres Tú, de posponer la obediencia que Tú esperas de mí por ir tras una promesa más atractiva para mis ojos. Concédeme ojos espirituales capaces de contemplar la gloria de Tu Plan y la capacidad para fijar mi corazón en esa gloria que no puede ser comparada con ningún placer de este tiempo y a reconocer que Tu gracia es suficiente para sostenerme cada día de mi porvenir. Que mi adoración sea dirigida exclusivamente a Ti y que mi servicio sea una respuesta de gratitud por la redención que me has concedido en Cristo. Enséñame a esperar Tu tiempo, a resistir las seducciones de este mundo y a tener por mayor riqueza el vituperio de Cristo que los tesoros de este mundo. Oh Señor que mi vivir pueda decir, con humildad y fe, que solo a Ti adoraré y a Tu voluntad serviré. Amén
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Amén, Ayudanos Señor.
Amén 🙏🙏