Una fe que trasciende la apariencia

Publicado el 29 de enero de 2026, 3:37

“Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto” Mateo 5:48

Cuan necesario es en nuestros días escuchar el Sermón del Monte con un oído humilde y una actitud expectante, buscando intencionalmente que la Palabra penetre verdaderamente en nosotros. A lo que te estoy desafiando en este momento es a disponerte para vivir algo mucho más profundo que una simple observancia externa, te estoy desafiando a anhelar una convicción que provenga del Espíritu y que revele la profundidad de nuestra necesidad de Cristo. Amada iglesia quiero una fe que no se satisface con apariencias, sino que proviene de un corazón rendido ante el señorío y la soberanía de Dios y que desde esa fe podamos hallar la confianza de que Jesucristo es verdaderamente nuestro Salvador y Señor ¿Tú también anhelas esa fe?

El Sermón del Monte nos dirige a Jesucristo y al nuevo nacimiento que sólo Él obra. Nos confronta con la necesidad de creer en el evangelio tal como fue enseñado por Cristo por encima de cualquier interpretación tradicional que hayamos escuchado antes. Si al revisar los preceptos de este Sermón sientes que puedes salir bien librado, te estás engañando a ti mismo. Y si, creyéndote ya perfecto, dices “todo esto lo he guardado”, conviene que caigas de rodillas ante la asombrosa santidad de Dios y te preguntes si verdaderamente has conocido la humildad que procede del arrepentimiento. Muchos son los que presumen vivir de acuerdo con este Sermón como si hacerlo fuera mérito humano ¿Realmente has leído el Sermón del Monte con el corazón quebrantado ante Dios y con la fe puesta en Aquel que lo cumplió perfectamente para beneficiarte a ti?

Volvamos al inicio: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. ¿Quieres entrar al Reino de los Cielos? No entras desde la abundancia de tus méritos, sino como mendigo que no tiene ningún mérito. Empieza con una dolorosa confesión: “No tengo ningún medio del cual echar mano para traer gloria a Tu Nombre oh Dios”. Y entonces lloras, no por la pérdida de algo temporal, sino por el pecado que te ha desprovisto de toda riqueza y te ha arrastrado a la miseria. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación, el llanto por el pecado es el reconocimiento de tu necesidad de Cristo. Así comienza la verdadera experiencia de fe: con la humillación que produce el arrepentimiento delante de un Dios santo. Entonces: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consuelo. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente por Mi causa. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que os precedieron. Vosotros sois la luz y la sal de la tierra; pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad sobre un monte no puede ocultarse. Ni se pone una lámpara debajo de un almud después de encenderla, sino que se coloca sobre su candelero y alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:4-16)

Lo que Cristo busca a través de estas palabras, no es una apariencia de santidad, sino un vivir que evidencie verdaderamente que Cristo vive en vosotros y finalmente que las buenas obras que provengan de nuestras vidas declaren la gloria del Padre que está en los cielos.

Oración: Señor, ayúdame a abrazar la verdad de mi necesidad y a buscar, en humildad, la verdadera fe que proviene del nuevo nacimiento en Cristo. Hazme libre de esa religiosidad meramente externa y permite que Tu Espíritu opere en mi interior, concediéndome un corazón contrito y humillado. Que mis pensamientos, palabras y acciones reflejen la gracia que me ha dado muerte al viejo hombre y me ha unido a Jesucristo. Que mi vida sea una respuesta de amor a Tu Palabra, luz que brilla en medio de la oscuridad y sal que conserva lo bueno en medio de la corrupción. Renueva en mí un hambre y sed de justicia que sólo Tu gracia puede satisfacer y amado Señor que, en todo, yo pueda glorificar a mi Padre que está en los cielos. Amén

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Comentarios

Shirley García
hace 24 días

Amén

Yamileth
hace 24 días

Amén, ayúdanos Señor