El carácter del Reino

Publicado el 3 de febrero de 2026, 5:02

En esta ocasión quiero invitarte a detenerte y contemplar las Bienaventuranzas desde una perspectiva devocional, dejando que la Palabra moldee mi vida y la tuya de manera transformadora. Por eso, reflexionaremos en tres lecciones que emergen de las Bienaventuranzas antes de entrar en las particularidades de cada una de ellas.

Primero la evidencia de la vida cristiana. Todos los cristianos, sin excepción, deben vivir de esta manera. Este carácter no pertenece a un club selecto de “súper cristianos” ni a los que la Iglesia Católica Romana etiqueta como santos; de hecho, la Escritura, en la epístola a los Efesios, declara santos a todos los creyentes. Lo cierto es que, si en verdad has creído y obedecido el evangelio serás así, como lo describen las bienaventuranzas… la intencionalidad y la intensificación que el idioma griego permite ver en estos pasajes si nosotros la hiciésemos notar en nuestro idioma sería algo como: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos [y sólo de ellos] es el Reino de los Cielos”. ¿Puedes notarlo? Esta afirmación no admite exclusiones, si haces parte del Reino de los cielos si o si serás un pobre en espíritu y tendrás todas las demás características que las Bienaventuranzas anuncian. Escucha bien, si vas a pertenecer al Reino de los Cielos, estas características deben verse en ti. Hazte la pregunta: ¿residen estas marcas en mi vida, hoy?

La segunda lección nos invita a una constancia: todos debemos manifestar estas características en todo momento. Un vivir espiritual que comienza con un quebrantamiento de espíritu y da lugar al duelo por el pecado. Ese duelo produce mansedumbre, pues ya no buscamos dominar ni aplastar a otros; hemos sido aplastados por nuestro propio pecado y aprendimos a humillarnos. Este proceso nos deja hambrientos y sedientos de justicia, que solo Dios puede satisfacer. Ese es el vivir de un mendigo espiritual: hambre y sed que depende de otro para ser saciado. En ese estado, nace la misericordia; aquel que ha recibido misericordia está llamado a ser misericordioso con otros, porque la gracia recibida nos capacita para extenderla. La pureza de corazón viene como una devoción inquebrantable a Dios y a Cristo, un anhelo por la santidad. La pureza de corazón nos habilita para ver a Dios y, desde esa visión, nace el deseo de ser pacificadores, personas que traen la paz de Cristo al mundo. Este es un acto externo e interno: se extiende la mano para anunciar el Evangelio y para conducir a otros a la fe, pero también para traer paz a corazones atribulados, incluso en medio de conflictos. Y si llegas a ser ese pacificador, experimentarás la realidad de la persecución; Jesús fue un pacificador y fue crucificado. En medio de esa realidad, el creyente debe regocijarse, porque hay una felicidad verdadera, una bendición que viene de Dios. Debemos manifestar estas características de forma constante, sabiendo que, por estar atados a un cuerpo de muerte no se verán en su perfección en este mundo; sin embargo, esa es la meta que Dios está obrando en nosotros. Veremos estas cualidades crecer y moverse en nuestras vidas, y esto es lo que Dios quiere hacer en ti, si eres cristiano.

La tercera lección recuerda que ninguna de estas características surge de nuestra naturaleza humana. Nuestra naturaleza caída es orgullosa y autosuficiente; el orgullo y la autosuficiencia son cualidades que la cultura eleva como una virtud, pero Dios no las honra. Las características que Cristo está señalando a través de las bienaventuranzas no son naturales; la humildad, el quebrantamiento, el duelo por el pecado, el hambre y la sed de justicia, son dones que provienen del Espíritu Santo. Él las produce en nosotros; no nacen de nosotros. Pero si hay algo que podemos decir de las bienaventuranzas es que todas ellas muestran con claridad que hay una diferencia radical entre cristianos y no cristianos: en lo que admiramos, en lo que deseamos, en cómo vivimos y para qué vivimos. En resumen, cada cristiano pertenece a un reino distinto, invisiblemente presente y aún por venir. Un reino distinto a el reino de Satanás, esto quiere decir que sólo hay dos opciones: haces parte del Reino de los cielos o haces parte del reino de Satanás. Colosenses 1:13 enseña que, si eres cristiano, Dios te ha trasladado de las tinieblas al reino de Su amado Hijo y lo que las Bienaventuranzas describen es lo que Dios obrará en ti como resultado de esto.

Oración: Señor, te alabo y te doy gracias porque me llamas a vivir conforme a las Bienaventuranzas, no por fuerza de carácter humano, sino por la obra transformadora de Tu Espíritu en mí. Ayúdame a reconocer que estas virtudes no nacen de mi naturaleza caída, sino que proceden de Ti. Desarma mi orgullo, concédeme hambre y sed de justicia, y fortalece mi corazón para vivir en mansedumbre y en paz, buscando la misericordia que Tú ofreces y la pureza que te agrada. Hazme un instrumento de paz en este mundo tan atribulado, y fortalece mi fe cuando enfrente persecución por causa de la justicia, sabiendo que la bendición que me corresponde viene de Ti. Te doy gracias por haberme arrancado de las tinieblas y trasladado al reino de Tu Hijo amado, para vivir para Tu gloria y para la alabanza de Tu nombre. Amén

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Comentarios

Yamileth
hace 19 días

Amén, gracias por salvarme, creo ayúdame a obedecer.

Shirley García
hace 19 días

Amén. ,🙏🙏🙏🙏