“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” Mateo 5:3-4
Cada día es más común ver personas en condiciones de mendicidad en las calles, de hecho, estudios demuestran que la mendicidad se ha convertido en un estilo de vida que representa jugosas ganancias para muchos. Dice un estudio del concejo de Bogotá: “La mendicidad es una práctica universal, por esta razón en algunos países han implementado medidas drásticas para combatirla. Por ejemplo, en Letonia, mendigar se castiga con cárcel, en China, se permite pedir, pero en jaulas y en otros lugares se multan a las personas que piden y al que da” Me pregunto qué ocurriría si todos los pueblos adoptaran medidas similares a estas ante un fenómeno tan extendido. ¿Acaso no habría mendigos auténticos que se atrevan, con la verdad de su necesidad, a pedir?
No es difícil distinguir a aquel que pide instigado por el dolor que provoca su profunda necesidad, pero quien pide por negocio solo busca dinero o algo que pueda vender para convertirlo en dinero. Ahora bien, lo impactante de Jesús es que aquí habla del Reino de los Cielos, Él es el Rey del pueblo del Único Dios Verdadero, ¿no es así? Y quién mejor que Él para describir qué clase de personas habrá en Su Reino. Y comienza diciendo algo tan chocante como bienaventurados los mendigos espirituales, en efecto, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Muchos han traducido la palabra bienaventurados como «felices», es decir «Felices los pobres en espíritu». Y aunque es una traducción válida, puede que no sea lo suficientemente profunda y para entenderlo tenemos que considerar ¿Por qué son bienaventurados? Más que ser felices es ser aprobados por Dios, con eso en mente podemos traducir de la siguiente manera: «Aprobados por Dios, y por lo tanto felices, son los pobres en espíritu». Dios aprueba y, por lo tanto, felices aquellos que lloran. Así es como funciona, este es el tipo de personas que Dios aprueba. Ahora ¿Qué miran los seres humanos para aprobar o desaprobar a alguien? La Palabra dice lo exterior, sin embargo, Dios mira el corazón, y cada una de estas características toca lo interior. Las bienaventuranzas funcionan como una lámpara de Cristo que nos revela qué es lo que ante Dios es verdadero, qué es aprobado y qué es bendecido. Esta revelación es crucial porque el mundo promete una felicidad que depende de circunstancias externas. La vida de fe, sin embargo, propone una felicidad del corazón: una alegría que nace de una relación correcta con Dios a través de Jesucristo. Esta es la belleza de estas palabras: no se apoya en lo efímero, sino en la solidez de la comunión con Dios.
Decía Blaise Pascal: “Todos los hombres buscan la felicidad, sin excepción... La voluntad nunca da el más mínimo paso sin este objetivo; el motivo de todo hombre... es ser feliz”. Reconozco, con humildad, que ese deseo está grabado en mí por la gracia de la creación y la miseria de la caída. Las Bienaventuranzas no niegan ese anhelo; lo que muestran es el camino hacia la verdadera felicidad: una felicidad que está cimentada en la aprobación de Dios y en la certeza de Su presencia. Jesús no ofrece un atajo, sino una ruta verdadera para vivir en comunión con Él y por tanto ser felices, incluso cuando las pruebas y las circunstancias parezcan desalentadoras.
En este sentido, nuestra urgencia es buscar una felicidad que no sea superficial, sino arraigada en la gracia regeneradora. Quiero que mi corazón aprenda a depender de la aprobación de Dios, sabiendo que Él mira lo profundo y no se deja impresionar por lo aparente. La bondad de este camino es que nos conduce a una confianza que no cambia con las mareas de la vida. Quiera el Espíritu Santo transformar mi interior para que esta felicidad nacida de la relación con Dios se exprese en mi conducta diaria: al reconocer mi necesidad ante Él, al llorar ante Su presencia cuando la angustia me sorprenda, y al mostrar misericordia como expresión de Su amor en mí.
Oración: Señor Dios, venimos ante Ti contemplando la grandeza de Tu Reino que se revela en la humildad de los pobres en espíritu y en la esperanza de Tu consolación para los que lloran. Ayúdanos a buscar Tu aprobación por encima de la aprobación humana, a encontrar en Cristo nuestra fortaleza y nuestra alegría estable, aun cuando las circunstancias parezcan adversas. Que Tu Espíritu transforme nuestro corazón, para que vivamos por fe la realidad de que la felicidad verdadera nace de una relación viva contigo, y no de las circunstancias del mundo. Te damos gracias por la promesa de Tu Reino y por la consolación que solo Tú puedes dar. Amén
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