Humildad que salva de la ira venidera

Publicado el 5 de febrero de 2026, 3:06

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” Mateo 5:3

La bienaventuranza señala una pobreza que es interior y que se evidencia sólo ante la santidad de Dios. No se identifica por la carencia material ni con la precariedad económica; por tanto, es correcto decir que la pobreza en espíritu no es un equivalente de pobreza financiera. Este mal entendimiento de la Escritura es lo que ha propiciado el origen y expansión de enseñanzas como la Teología de la Liberación, que enseña que Dios tiene una inclinación afectiva por los pobres de este mundo y que, consecuentemente ama menos a los ricos. Sin embargo, la Escritura deja claro que hay pecadores y justos en todas las condiciones económicas. Jesús lo afirma con claridad: los bienes materiales pueden constituir un obstáculo para entrar al Reino de los Cielos -no sólo para los que tienen mucho, incluso para los que tienen poco-, y ese obstáculo debe superarse para avanzar hacia la vida en Cristo. Entonces ser pobre en lo material no garantiza, la entrada al Reino.

Esta bienaventuranza tampoco está haciendo señalamiento a una consciencia espiritual pobre, en el sentido de carecer de deseos espirituales; la Biblia habla de alguien que no tiene ningún deseo por Dios y Su gloria y lo describe como uno que está espiritualmente muerto (Efesios 2), es alguien que está muerto en transgresiones y delitos, y por ello no puede hallarse en él ningún pensamiento que apunte hacia Dios. Tampoco es una cuestión de ánimo, vitalidad o carácter; es decir, usualmente cuando una persona carece de vitalidad y resolución para desenvolverse en la vida se le señala como alguien que es “pobre de espíritu” a esto no hace referencia la bienaventuranza y mucho menos implica pobreza del Espíritu Santo, aunque muchos piensan que el Espíritu Santo nos es dado por medida. Entonces, ¿qué es? Bueno, la clave está en entenderlo correctamente. En griego hay dos palabras para pobreza: hay una que señala a alguien que a pesar de que no tiene mucho puede disponer de algún recurso, como la viuda que ofrendó dos blancas. Esa viuda era pobre, pero no estaba plenamente desvalida; tenía algo para vivir. En cambio, la palabra que aparece aquí es esa que hace referencia a un mendigo: alguien que depende por completo de los recursos de otro, como ese que un día clamó a gran voz: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (Lucas 18:38-41). Bartimeo era un verdadero mendigo; y esa es la imagen que se emplea en nuestro pasaje. Es quien mira dentro de sí mismo y, espiritualmente, no encuentra ningún recurso para hacer frente al Día del Juicio. No hay nada en él que Dios pueda elogiar cuando esté ante Su tribunal: nada que pueda traer u ofrecer que no sea consumido por el fuego de la prueba (1 Corintios 3:12-14). Es alguien que se reconoce a sí mismo completamente sin recursos ante Dios; que comparado con la riqueza espiritual de Dios está totalmente en bancarrota. Es una expresión dura la que Jesús está usando en esta bienaventuranza, pero que es necesaria usar para que entendamos que la entrada en Su Reino se da a quien llega con las manos vacías, necesitado y sin exigir, tan sólo suplicando “sé propicio a mí que soy pecador” (Lucas 18:13).

La pobreza en espíritu, revela la verdad de nuestra dependencia total de Cristo: no hay mérito humano para obtener la salvación, sino que todo se recibe por gracia mediante la fe. Reconocer nuestra indigencia ante ese Dios que es santo, santo, santo es el primer paso para experimentar el Reino que está por venir en toda su plenitud y que ahora se manifiesta en la vida de quienes confían plenamente en Cristo.

Oración: Señor Dios, ábrenos los ojos de nuestro entendimiento para reconocer nuestra pobreza ante Tu santidad. Ayúdanos a acercarnos a Ti con las manos vacías, sabiendo que no hay mérito en nosotros sino una profunda necesidad de Tu inmerecida gracia. Que ser conscientes de nuestra profunda miseria nos lleve a depender plenamente de la misericordia que nos ofreces en Cristo, y que, por causa de Su obra, se despierte en nosotros un deseo ardiente por Tu gloria. Concédenos el ser conscientes de que nada en esta vida terrenal puede proveer para nosotros lo que en verdad necesitamos, ni nada que atesoremos puede enriquecernos tanto como únicamente lo hará buscar primero Tu Reino y Tu justicia. Susténtanos con Tu Espíritu, para vivir como quienes reconocen que todo recurso verdadero proviene de Ti. Sé propicio a nosotros, pecadores, y danos la seguridad de Tu perdón y la esperanza de la vida eterna. Amén

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Comentarios

Shirley García
hace 17 días

Amén. 🙏🙏🙏

Yamileth
hace 17 días

Amén, amén y amén.