“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” Mateo 5:3
En esta bienaventuranza Jesús nos invita a revisar desde el interior la raíz de nuestra seguridad ante Dios, no para alimentar una auto negación emocional, sino para abrirnos a la gracia que transforma el corazón conforme a la revelación bíblica. Jesús impartió una enseñanza acerca de esto, cuando relató la historia del fariseo y el publicano ¿La recuerdas? Estos dos hombres entraron al templo a orar y uno de ellos dijo: “Te doy gracias, Dios, porque no soy como los demás hombres … Ayuno dos veces por semana, doy diezmo de todo lo que gano [y soy justo todos los días y, especialmente, no soy como este recaudador de impuestos que está aquí, es más ni siquiera sé por qué está aquí]”. Bien, esa es la actitud del fariseo ante la santidad de Dios, pero el recaudador de impuestos se mantuvo a cierta distancia, ni siquiera se atrevió a levantar la mirada y con su alma abatida “se golpeaba el pecho y decía: ' Señor, ten misericordia de mí, pecador'” (Lucas 18:9-14) Esa es una gran imagen de la pobreza espiritual y su opuesto. Una imagen que revela, claramente, que la humidad que nos hace bienaventurados no es una pose exterior, sino un quebrantamiento que nace de reconocer nuestra dependencia total de la gracia divina. El fariseo sostiene una autoestima que se apoya en sus méritos y en la exclusión de otros; el publicano, se mantiene a una distancia que simboliza su reconocimiento de que no merece nada porque ante la santidad de Dios no tiene nada para ofrecer. La actitud del publicano evidencia que es consciente de que la única justicia que podría presentar ante Dios es la que procede de la misericordia de Dios ¿Y tu actitud en la presencia de Dios qué evidencia?
Entonces la fuente de esta pobreza de espíritu no se encuentra en un esfuerzo humano ni en un ascetismo que pretenda ganarse a Dios reduciendo la verdad de Su gloria a un logro que el hombre con su determinación puede alcanzar. Tampoco puedes lograrlo haciendo que la ley de Dios sea alcanzable, es decir, bajando los estándares, este es el camino que tomaron en su época los fariseos y que toma cualquiera que en nuestros días se atreva a decir de sí mismo: “todo esto lo he guardado” hacerlo de este modo produce orgullo, no pobreza en espíritu. Tampoco lo hace el tratar de buscar la “propia” purificación a través de la autoflagelación o la severidad ritual, esto no produce pobreza en espíritu ante Dios; más bien, manifiesta una visión incompleta de la gracia y una dependencia de nosotros mismos que contradice la dependencia de Dios. La pobreza en espíritu, entonces, es obra del Espíritu Santo: cuando la Palabra revela la santidad de Dios, el alma se ve ante Su gloria y se humilla ante la necesidad de un Salvador. Tal como aconteció con el profeta Isaías (Isaías 6:1-5) el encuentro con la santidad de Dios revela la corrupción del corazón humano y manifiesta la imposibilidad de salvarse por mérito propio. Sólo de este modo podemos ser orientados hacia una dependencia radical de la gracia: no hay auto justificación posible frente a un Dios santo.
Al contemplar a Dios, Su pureza, Su justicia y la obra de Cristo en los evangelios, el ser humano se desarma ante la realidad de la gracia que salva. Entonces al decir “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, somos confrontados con la verdad de que la vida eterna no es un premio para la autosuficiencia, sino una dadiva que se disfruta cuando el alma adopta una postura de necesidad de la gracia en medio de las pruebas y las responsabilidades diarias. En este sentido, la pobreza en espíritu se manifiesta como un arrepentimiento que nunca termina: un reconocimiento diario de que separados de Él nada podemos hacer, que dependemos de Su misericordia y de la fidelidad de Cristo para guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha delante de Su gloria (Judas 1:24-25).
Oración: Señor y Soberano Dios, te reconozco en mi debilidad y te pido que Tu Espíritu me revele cada día más la profundidad de mi necesidad de Ti. A través del espejo de Tu Palabra permíteme ver mi corazón a la luz de Tu santidad, y ayúdame a no presentar ante Ti una justicia sustentada en mis propias obras. Que mi vida refleje la humildad que proviene al contemplar Tu gloria a través de Tu Palabra, y que pueda, por Tu gracia, vivir cada día rendido a Tu voluntad. Vacíame de mi orgullo y llena mi interior de Tu misericordia, para que halla en mí una devoción que proviene de un corazón contrito y confiado en Tu Señorío. Enséñame a depender de Tu gracia en cada circunstancia, a abrazar Tu plan incluso cuando sea contracultural, y a extender la gracia que a mí me ha sido concedida. Amén
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