De la culpa a la gracia

Publicado el 7 de febrero de 2026, 3:15

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” Mateo 5:4

Este pasaje, tan citado en tarjetas de condolencias, puede mal interpretarse como una promesa de consuelo ante la pérdida; sin embargo, su foco no es el duelo asociado a la muerte ni el consuelo emocional que alivia el dolor humano. Aquí se trata de llorar por el pecado. “Bienaventurados los que lloran [por su pecado], porque ellos recibirán consolación” Es un duelo interior, un dolor personal, una reacción profunda ante la culpa y la apostasía que hay en cada uno de nosotros.

A veces nos movemos por la vida con una liviandad que pasa intencionalmente por alto la gravedad del pecado. Confesamos de forma breve, con un simple “lo siento”, y seguimos adelante sin profundizar en lo que realmente nos corrompe y nos separa de Dios. La invitación de Jesús mediante la segunda bienaventuranza es acercarnos a Dios en soledad y cavar hasta lo más hondo de nuestro ser, para experimentar, con la claridad bíblica, lo que Dios siente respecto a ese pecado que repetidamente nos deleita. Lo que Dios experimenta ante ese pecado es dolor; y ese dolor es lo que deberíamos sentir nosotros al enfrentarnos a Su santidad. Es notable que en las Escrituras tengamos registro de episodios en que Jesús lloró, y que no se no se mencione explícitamente un momento riendo; no obstante, en Su venida final Él reirá y se regocijará con Sus amados, y nosotros con Él (Judas 1:24-25) Pero ahora es el tiempo de tratar el pecado con honestidad radical.

¿Dónde está la recompensa de este duelo interior? La recompensa para este duelo interior es consuelo verdadero, es decir, felicidad genuina, es gozo que nace al enfrentar el verdadero problema de tu vida: el pecado. Experimentar que el Espíritu Santo te rodea con Su presencia mientras lloras por tu pecado, y que te levanta, te consuela y te anima, dándote la certeza de que eres hijo de Dios y que todos tus pecados han sido perdonados, incluso ese que tanto te aflige. Esa es la verdadera bienaventuranza que es ofrecida a los que lloran. En Apocalipsis 21:4 se afirma: “Dios mismo estará con nosotros, y será nuestro Dios. Él enjugará toda lágrima de nuestros ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado

Ahora, ¿Cuál es la obra que la mayoría de los cristianos esperan que el Espíritu Santo haga en ellos? muchos cristianos esperan que el Espíritu Santo les lleve por experiencias místico-mágico-maravillosas o que les revele visiones celestiales. Pero el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad y debe revelarse en Su verdadero carácter para que Cristo sea formado en nosotros. Él no está aquí para darnos revelaciones extraordinarias, sino que Él está para que usando la luz de las Escrituras nos muestra lo que las tinieblas que hay en nosotros habían ocultado a nuestros ojos. Él nos ha sido dado para que usando el espejo de la Palabra podamos ver las monstruosidades que se ocultan en nuestro interior. Tal vez esto resulte ofensivo para ti, que quizá no consideres que en tu ser interior existan tales cosas, pero cuando el Espíritu Santo obra en nosotros lo que Él hará es llamarnos a enfrentar cada pecado no desde nuestra perspectiva sino desde la perspectiva de un Dios que es santo, santo, santo… por ello Él revela nuestro egoísmo, nuestro orgullo, nuestra incredulidad, nuestra ira, nuestra malicia y cosas semejantes a estas (Gálatas 5:19-21).  Y entonces, con la gracia del Espíritu, llega una profunda humillación, una pena punzante que invade el corazón. El Espíritu señala la evidencia: incluso en nuestras oraciones es posible hallar pecado ¿Cómo podríamos permanecer firmes ante tal revelación? Caemos a Sus pies, confesando nuestra necedad. Y es allí, y solo allí, cuando Él empieza a levantarnos y a guiarnos hacia la plenitud de Su llenura, colocando delante de nosotros una senda tan segura en la que no existe el más mínimo riesgo de que nuestra naturaleza pueda extraviarnos (Isaías 35:8)

Iglesia, Jesús nos llama a una felicidad auténtica que nace al enfrentar el pecado con honestidad. Nos llama a tomarnos el tiempo para presentar nuestros pecados ante Dios y llorar por ellos, sin tratarlos superficialmente. Es así como experimentaremos la bienaventuranza que viene por causa del llanto: la consolación que purifica, que restaura y que dirige el corazón hacia la gloria del Único Dios Verdadero.

Oración: Padre santo, haz que crezca en mí un lloro bíblico por el pecado, un llanto que me conduzca a la humillado ante Tu santidad. Que Tu Espíritu me convenza de pecado, justicia y juicio… que me lleve a la confesión sincera y al arrepentimiento verdadero, y que pueda experimentar Tu consolación que fortalece y transforma. Que, al contemplar mi incredulidad y toda forma de maldad que hay en mí, caiga a Tus pies en humilde dependencia, confiando en la gracia que me ofreces a través de Jesucristo para el perdón de todo pecado. Oh Señor que Tu Espíritu obre para que mi corazón, quebrantado, se regocije en Tu obra de redención, y que, a través de ese proceso, sea formado para vivir en santidad y esperanza, aguardando la plena manifestación de Tu reino. Amén

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Comentarios

Yamileth
hace 15 días

Amén.