“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” Mateo 5:5
La bienaventuranza de hoy nos invita a revisar quién define nuestra identidad y nuestra fortuna. El impulso humano a imponerse, por ganar reconocimiento y nombre, resuena desde la Torre de Babel, cuando los hombres dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso” (Génesis 11:4). Esta tendencia, tan antigua como nuestra caída, se manifiesta tanto en lo individual como en lo colectivo, y al analizarla a la luz de la Escritura descubrimos que la definición última de la persona no está en sus logros temporales sino en su relación con Dios: la avaricia y la arrogancia pueden ser tentaciones dominantes cuando olvidamos que solo la humildad y la mansedumbre nacen de una gracia que no somos capaces de producir.
El Salmo 37:9 presenta un contraste claro que invita a la introspección personal: “porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra”. Aquí se revela que la verdadera seguridad no se halla en la fuerza de nuestra voluntad sino en ponernos bajo la soberanía de Dios, confiando en Su fidelidad: “encomienda a Jehová tu camino, confía en Él; y Él hará” (Salmo 37:5). Puedo reconocer mis esfuerzos por atesorar la tierra y mi deseo de control, y entender que, fingiéndome fuerte, me aparto de la humildad que Dios exige. La ironía es profunda: la herencia no se obtiene por dominio, sino por gracia; no es la persistencia en la autosuficiencia lo que garantiza la herencia, sino la humildad que nace de la confianza en Dios. En este terreno, la humildad no se confunde con debilidad, sino que se entiende como obediencia y sumisión a Dios, un rasgo que la Palabra de Dios asocia de forma consistente con la vida del verdadero creyente. Entonces la verdadera satisfacción no llega a través de la acumulación sino a través de la obediencia que se manifiesta en una vida que se deleita en el Señor (Salmo 37:4).
Entonces, ¿cómo cultivo esa humildad en mi caminar diario? Cada bienaventuranza señala un don que Dios concede a los que entran en Su reino. La tierra como una herencia nos es otorgada por la gracia, y la mansedumbre que me habilita para heredarla es también un don que sólo Dios puede dar. En mi estado caído, la humildad no surge de mi propia naturaleza; la gracia de Dios debe regenerarme para poder participar de ella. En el nuevo nacimiento, la justicia de Cristo se imputa a mi favor, y la mansedumbre que Cristo posee en Su humanidad (Mateo 11:29) se revela en mí como fruto del Espíritu (Gálatas 5:23). No la produzco yo y tampoco lo puedes hacer tú; la recibimos por fe y la cultivamos conforme a la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros. Por ello, la bendición de esta bienaventuranza se manifiesta cuando, mirando a Cristo con fe, sé que la tierra me es dada como herencia porque se me atribuyó Su mansedumbre y me fue otorgado el don del Espíritu, quien me conecta con Cristo y me conforma a Su imagen.
Oración: Señor, te reconozco como la fuente de toda humildad y de toda capacidad para vivir de acuerdo con Tu reino. Te pido que, en mis momentos de tentación por sobresalir o de temor ante la escasez, me recuerdes que mi verdadera herencia no depende de mí fuerza sino de Tu gracia. Haz que pueda vivir en mansedumbre ante Ti y ante mis semejantes, confiando en que Tu obra en mí es suficiente y que la vida verdadera se halla en la comunión contigo. Que la humildad de Cristo, obrada por Tu Espíritu, gobierne mi voluntad, mis pensamientos y mis acciones, para que, al mirarte, pueda decir que la tierra se me ha prometido en herencia es un regalo de Tu gracia y un reflejo de Tu gloria. Amén
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Ayúdanos señor a rendirnos a tu voluntad. Amén 🙏🙏🙏
Amén.