Un llanto interior que busca la gloria de Dios

Publicado el 10 de febrero de 2026, 3:24

Jesús primero dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3) Ser pobre en espíritu es reconocer nuestra necesidad espiritual y nuestra total dependencia de Dios. Esta actitud abre paso a la segunda bienaventuranza: los pobres en espíritu lloran por su pobreza (Mateo 5:4); lloran no solo por su propio pecado, sino por la condición de un mundo quebrantado por el pecado. En la justicia que Dios ha prometido para los que lloran, encontramos un consuelo que no nace de la fuerza humana sino de su gracia. El Salmo 119:136 resuena como la experiencia de quienes, con dolor santo, lloran por los que no guardar la ley: “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban Tu ley. Este llanto no es derrota, sino apertura de un corazón que ansía habitar en justicia. La segunda bienaventuranza allana el camino hacia la tercera: aquellos que reconocen su pobreza espiritual y lloran por ella serán humildes. Esta humildad no es autoimpuesta para lucir ante los hombres, sino fruto de la obra del Espíritu Santo que desarma la autosuficiencia y revela la necesidad total de la gracia.

Y así llegamos a la bienaventuranza de hoy: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” (Mateo 5:6). Si hemos reconocido nuestra propia pobreza y hemos llorado por el pecado, ¿no es natural que, por la gracia, deseemos vivir conforme a la justicia que Dios demanda? En nuestra cultura de abundancia, la urgencia de “hambre y sed” puede parecer menos apremiante que en los días de Jesús; sin embargo, la necesidad de justicia divina continúa siendo una necesidad. Quien ha recibido justicia por fe no puede permanecer indiferente ante la corrupción del pecado en el mundo ni ante la llamada de Dios a vivir conforme a Su justicia en cada esfera de la vida. Esta hambre nos lleva a desarraigar nuestro pecado por el poder del Espíritu Santo y a ser más como Jesús (esto es la santificación) aquellos que tienen hambre y sed de justicia están dispuestos a dejar de lado el asesinato, la ira, el adulterio y cualquier otra práctica que les lleve a pecar contra Dios y su prójimo. Están dispuestos a servir amorosamente a sus detractores y aman a sus enemigos. Aquellos que están hambrientos y sedientos de justicia no sólo se abstienen de toda forma de maldad, también buscan la misericordia, la pureza y la paz como veremos en las próximas bienaventuranzas. También anhelan la justicia en la sociedad, la purificación de la sociedad por parte de Dios y por eso claman: ¡Venga Tu Reino, hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo! El hambre de justicia lleva a los discípulos de Cristo a promover la causa de Dios en los negocios, la educación, en la política y todas las demás esferas de la vida. A través de Isaías Dios ya había invitado a “Todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed… y se deleitará vuestra alma en la abundancia” (Isaías 55:1-2) y Cristo también dijo: “… el que a mí viene no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Juan 6:35). Aquellos que vienen a Cristo con hambre y sed de justicia serán saciados abundantemente.

En este punto, reconocemos nuestra impotencia para cumplir plenamente el estándar divino. Pero la gracia se revela en la justificación: al creer en Cristo, nos es otorgada Su justicia, una declaración legal de justicia que nos permite acercarnos a Dios con confianza en el día final. Esta justificación borra la culpa y el pecado, y su efecto es seguro para todo creyente, aun cuando la santificación sigue siendo perfeccionada en nosotros. Estas son buenas noticias que sostienen la paciencia del creyente en medio de la lucha diaria por vivir conforme a la justicia de Dios. Con esta perspectiva, es bueno que nos preguntemos ¿Estoy buscando la santidad con constancia, o me estoy conformando con momentos de justicia y amor que se desvanecen con la rutina? ¿Mi vida está marcada por un deseo sincero de conformarme a Cristo, o se ha vuelto una obediencia mecánica que pasa inadvertida ante Dios? Los verdaderos discípulos anhelan la justicia de Cristo y la persiguen con una fe que transforma desde el interior. Quiera Dios obrar en nuestras vidas de tal manera podamos vivir cada día conscientes de que somos justificados solo por la fe en Cristo, para que esa certeza nos motive a vivir en humildad, en llanto por el pecado y en hambre continua de la justicia que procede de Dios.

Oración: Señor, gracias por Tu justicia revelada en Cristo. Ayúdame a reconocer mi pobreza en espíritu, a llorar por el pecado y a desear con sinceridad vivir bajo Tu justicia cada día. Que mi vida sea un reflejo de la transformación que proviene de Tu Espíritu, para que, en humildad y amor, pueda ser instrumento de Tu gracia en el mundo. Amén

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Comentarios

Yamileth
hace 12 días

Amén.