"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" Mateo 5:7
A veces en la vida nos encontramos obligados a levantar nuestra mirada y otras las circunstancias nos llevan a tener que bajarla ¿Qué significa esto? Bueno cuando con nuestro accionar hemos herido a alguien nos descubrimos en la posición de mendigo, clamando por perdón y reconociendo nuestra necesidad. Pero hay otras ocasiones en que somos nosotros los que hemos sido heridos y entonces podemos ver a nuestro ofensor en la misma condición en la que estuvimos alguna vez… y el gran interrogante de ese momento es ¿Qué debo hacer? Ese es un momento decisivo de nuestras vidas ¿qué haces en esa situación? ¿Eres misericordioso o eres despiadado? Jesús dijo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” y años más tarde a través de Santiago el Espíritu Santo dijo a la iglesia: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13).
¿Indica esto que en tiempos bíblicos las personas eran más dadas a la misericordia? No. El mundo de aquel tiempo, como el nuestro, no brillaba por su misericordia; al igual que los días en los que vivimos y cada época de la historia humana la respuesta natural y la inclinación de todo corazón es de continuo el mal. Las personas que escucharon lo dicho por Jesús conocían lo que era la brutalidad y la conducta inmisericorde, ellos vivían bajo el yugo de un imperio que fue capaz de convertir el sufrimiento en un espectáculo que distraía de la miseria en la que se vivía, incluso en aquellos que presumían su espiritualidad —fariseos y saduceos— la misericordia no era su sello. Pero Cristo enseño otra cosa: si somos de Dios seremos misericordiosos, porque misericordia es lo que Dios espera ver en nosotros en nuestro trato con nuestros semejantes. Por ello en repetidas confrontaciones con los fariseos, Jesús mostró que la misericordia no es sólo una virtud que se pierde entre otras que son más importantes, sino que es la señal que evidencia la obra del Espíritu Santo en un corazón regenerado. Entonces el mundo en tiempos de Jesús, al igual que el nuestro, era una época de crueldad. Pero recuerden lo que ya aprendimos: a través de las Bienaventuranzas Jesús nos está diciendo cuales son las características que diferencian a los cristianos de los no cristianos. Todos estos atributos solo se manifestarán por la obra del Espíritu Santo, todos describen el corazón de un cristiano, un no cristiano no aspira a estas cosas, no las puede entender; porque para él son locura (1 Corintios 2:14).
Comprendamos que el corazón de Dios es misericordia, que la esencia de Su obra a lo largo de la historia ha estado instigada por la misericordia. Todo lo que podemos ver en las Escrituras desde Génesis hasta Apocalipsis, todo lo que vemos en la ley moral, en la ley ceremonial, los profetas… todo esto no es más que un despliegue de la misericordia del Dios que es misericordia. El sistema sacrificial con todo lo repulsivo que puede resultar hoy para los animalistas no fue un simple rito, sino una revelación de la misericordia de Dios, porque la misericordia funciona dentro de un marco de culpabilidad de pecado, cuando una persona sabe que no hay nada que pueda decir. Por un instante visualízate delante de Aquel ante cuya presencia la tierra huye (por si acaso, no te estoy hablando de Satanás) en el día en que serás juzgado por todas las cosas que están escritas en los libros (tú no estás ahí para dar explicaciones) es el gran día del Juicio de Dios, imagina el libro de las obras –tus obras- siendo abierto (qué obras estarán anotadas ahí…) ¿Cuál crees que será tu actitud en ese día? Podrías imaginarte a ti mismo apretando el puño, dando un pisotón y exigiéndole a Dios: «Dame solo la justicia que merezco. No quiero otra cosa sino meramente lo que merezco». ¿De verdad? ¿Es eso lo que quieres en el Día del Juicio? ¿Es eso lo que quieres? No, ese día tú querrás misericordia, tú no quieres justicia. Pero Dios será justo, Él es un Dios justo, pero tú necesitas y anhelas misericordia. Y esto es lo singular de la misericordia: no se puede exigir, solo se puede rogar por ella. Y en este tiempo cuando aún no ha llegado el día del juicio y aún tenemos aliento para suplicar por ella, a Dios le place concederla libremente como un regalo, no es un salario, no es algo que te mereces, es simplemente algo que Él quiere darte.
La gracia de Dios se revela en que Él no nos trata conforme a lo que merecen nuestros pecados. Cada mañana es una oportunidad para recordar la fidelidad de Dios: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron Sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad” (Lamentaciones 3:22-23). Al enfrentar el nuevo día, veo salir una vez más el sol sobre mí, la provisión de Dios, la presencia de mis seres queridos, y me doy cuenta de que vivo bajo la misericordia constante de Dios… Pero sobretodo soy consciente de que todos mis pecados han sido perdonados por la sangre de Jesucristo, Él me ha redimido de mi maldad y no puedo sino solamente detenerme a contemplar y maravillarme ante mi propia fragilidad y la fortaleza de la gracia que me sostiene.
Quiero que hoy entiendas: la misericordia de Dios no es un simple consuelo respecto a nuestra culpabilidad, sino una invitación a vivir de modo que nuestra vida refleje el carácter misericordioso de Aquel que nos ha ofrecido Su misericordia –sin estar obligado a hacerlo-. Si alguna vez sientes que tu corazón se endurece ante la necesidad de misericordia de otro, recuerda que la misericordia no es un salario que puede cobrarse, sino un don que se recibe para poder ofrecerlo a otro.
Oración: Señor Dios de misericordia, gracias por hacer de mi vida un testimonio de Tu gracia. Ayúdame a mirar hacia mí mismo con honestidad, a reconocer las veces que mi corazón ha sido duro y a pedirte la gracia para restaurar, perdonar y amar como Tú lo has hecho conmigo. Que pueda vivir cada día bajo la convicción de Tu misericordia, dejando que el Espíritu obre en mi interior para que mi conducta refleje Tu corazón compasivo. Que mi existencia sea una respuesta humilde a la abundante gracia recibida en la sangre de Cristo, y que, por Tu misericordia, otros sean conducidos a Ti. Amén.
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Amén, grande es tu misericordia, ayúdanos a ser como tú mi Señor.