“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” Mateo 5:8
Antes de acercarnos a esta bienaventuranza, no podemos evitar preguntarnos: ¿Qué Dios es el que ordena esto? Es el Dios de la pureza absoluta, la luz que no admite tinieblas, un Dios que nunca podría ser inventado por el hombre (Juan 1:5). Si Él es pureza, ¿Qué somos nosotros ante tal pureza? Para entender esta bienaventuranza, necesitamos mirar nuestro propio corazón con verdadera honestidad.
Pero antes pensemos ¿Qué es el corazón en nosotros? Es esa parte de nuestro ser que piensa, siente, desea, decide y cree. Dice Génesis 6:5 “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio del pensamiento del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Y Jesús también dijo “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Lo que realmente valoras, eso es lo que más piensas ¿Qué dice tu pensamiento de lo que más valora tu corazón? Segundo, el corazón es esa parte de ti que siente. ¿Qué te conmueve hasta las lágrimas? ¿Qué te mueve a la alegría? El corazón tiene emoción, es la parte de su ser dónde Pablo dice experimentar profunda tristeza y dolor por la incredulidad de los israelitas (Romanos 9:2). En tercer lugar, el corazón es la parte de ti que desea y codicia. La Biblia dice en Proverbios 6:25 hablando a un joven en relación con una adúltera, "No codicies en tu corazón su belleza, ni dejes que te cautive con sus ojos". El corazón también es la parte de ti que elige o decide. Hebreos 3:7 dice: “Si hoy oyes su voz, no endurezcas tu corazón como lo hicieron en la rebelión”. ¿Qué significa endurecer tu corazón? Significa afectar tu voluntad para elegir lo opuesto a lo que Dios te está guiando. Y finalmente, el corazón es la parte que cree. Dice en Romanos 10:9 “Si confiesas con tu boca: 'Jesús es el Señor', y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo”. Entonces el corazón cree.
Esto significa que la parte de ti que piensa, siente, desea, decide y cree debe ser pura y libre de toda injusticia, debe ser santa. Y si no lo es, no verás a Dios. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos, -y solo ellos- verán a Dios”. Ahora bien, esta exigencia no es lo más impactante de este pasaje, lo verdaderamente impactante es la idea misma de que el corazón humano pueda ser puro ¿No es realmente increíble que el corazón humano pueda ser puro? Tal vez para ti no resulte algo difícil de lograr, más cuando se nos ha enseñado que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, que el hombre es en su esencia un ser bueno. Bueno… es no es lo que piensa Jesús sobre el corazón humano. En Mateo 15:19 Él dice “Del corazón salen los malos pensamientos: homicidios, adulterios, inmoralidades sexuales, robos, falsos testimonios, calumnias” y antes de esto Dios a través de Jeremías ya había dicho: “el corazón del hombre es engañoso y perverso” Lo que naturalmente fluye de tu corazón contamina quién eres y convierte aún tus mejores obras en trapos de inmundicia (Isaías 64:6) Ese es el corazón del cual Dios pregunta ¿Quién lo conocerá? Y Él mismo responde: “Yo, que escudriño el corazón, examino la mente y pago al hombre según su conducta” (Jeremías 17:9-10) Tu corazón natural es engañoso, malvado y tramposo, y puede engañarte a ti mismo haciéndote creer que estás en una relación correcta con Dios. Con esto en mente ¿No es verdaderamente extraordinario que el corazón del hombre puede ser realmente puro? Esa es la belleza de la sangre de Cristo: es en Su obra y no en nuestra capacidad, donde la pureza que nos permite ver a Dios es posible.
Oración: Señor, nos acercamos a Ti con corazones expuestos y desarmados ante Tu santidad. Reconocemos que, en nuestra naturaleza, nuestro corazón se inclina hacia la contaminación y la autosuficiencia. Te pedimos que nos hagas ver la profundidad de nuestra necesidad y que, por Tu Espíritu, purifiques lo que pensamos, sentimos, deseamos, decidimos y creemos. No confiamos en nuestra fuerza para ser puros; clamamos a Ti por la obra de Tu gracia en nosotros para que, cada día, podamos vivir como hijos que reflejan Tu luz y que, por Tu misericordia, podamos ver Tu rostro. Que nuestra vida en Cristo sea un testimonio vivo de la santidad que nos has concedido de gracia y para Tu gloria. Amén
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Amén, ayúdanos señor a tener un corazón limpio siempre.