La prioridad de la paz

Publicado el 7 de marzo de 2026, 3:22

“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” Mateo 5:23-24

El señorío de Cristo sobre nuestras vidas no solo demanda una confesión de fe correcta, sino una transformación profunda del corazón que se manifiesta en la convivencia con nuestro prójimo. El Señor Jesús, en Su exposición de la Ley, nos confronta con una realidad ineludible: la adoración externa carece de valor si el corazón está cautivo por la amargura. Las Escrituras declaran: “si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23-24) Nuestro deber para con Dios es inseparable de nuestra conducta hacia quienes han sido creados a Su imagen. No podemos pretender deleitarnos en la gloria de Dios mientras sostenemos muros de enemistad con otros; la urgencia de Cristo es tal que nos ordena interrumpir el acto mismo del culto para buscar la paz. La advertencia de Cristo se extiende a la rapidez con la que debemos actuar, recordándonos que permitir que el conflicto avance es abrir la puerta a un juicio cuyas consecuencias podrían ser irrevocables, pues quien es llevado ante la justicia por su propia dureza de corazón enfrentará las consecuencias hasta el último céntimo.

Entonces, para el creyente, el mandato de abandonar la ira no es un mero consejo moralista, sino un llamado a vivir en el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros. La Palabra es imperativa al decir: “Desháganse de toda amargura, ira, enojo, gritos y calumnias, junto con toda forma de malicia” (Efesios 4:19) De igual manera, se nos exhorta a ser coherentes con nuestra nueva naturaleza: “Pero ahora deben deshacerse de todas estas cosas: ira, enojo, malicia y calumnias” (Colosenses 3:8) Esta capacidad de deponer el enojo no proviene de nuestra voluntad caída, sino de la gracia que nos capacita para el autocontrol. Debemos recordar que “todos debemos ser prontos para escuchar, tardos para hablar y tardos para enojarnos porque la ira del hombre no produce la vida justa que Dios desea. Por lo tanto, deshagamos de toda ira pecaminosa” (Santiago 1:19) Mientras que la ira de Dios es santa y se dirige contra el pecado, nuestra ira suele nacer del orgullo herido y de los celos, tal como sucedió con Caín, cuyo corazón se oscureció antes de cometer el segundo gran pecado de la historia de la humanidad.

Si somos honestos, el orgullo es la raíz que alimenta nuestras reacciones explosivas. A menudo demostramos que el autocontrol es posible cuando, en medio de una disputa doméstica, cambiamos el tono de voz por cortesía ante una llamada telefónica para no exponer nuestra carnalidad. Si podemos hacer esto por vanidad ante los hombres, ¿cuánto más deberíamos someter nuestras pasiones ante la presencia de un Dios santo? El cristianismo Iglesia no se trata de maquillaje superficial, sino de un quebrantamiento espiritual que nos humilla a los pies de Cristo. Por tanto, si al examinar nuestro corazón, descubrimos que la ira es el patrón que domina nuestra vida, debemos preguntarnos seriamente si en verdad hemos nacido de nuevo, porque la verdadera fe nos lleva a clamar como hombres y mujeres necesitados de un Salvador, pacificadores que buscan que la paz de Cristo gobierne cada rincón de su existencia y sus familias.

Oración: Señor soberano, te rogamos que por Tu Espíritu examines las profundidades de nuestro corazón, nos concedas el don del arrepentimiento para deponer todo orgullo y amargura, y nos capacites para buscar la reconciliación con la misma urgencia con la que Tú nos buscaste a nosotros en la cruz, para que nuestra adoración sea genuina y Tu paz guarde siempre nuestros hogares. Amén

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