"Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" Mateo 5:27-28
En la economía de la gracia, cada una de nuestras acciones es una semilla depositada en el campo de la providencia divina, y de la cual, bajo el gobierno de Dios, inevitablemente recogeremos una cosecha. Ya sea que estemos instruyendo a nuestros hijos en el temor del Señor, sirviendo en un ministerio o guiando a otros en el discipulado, estamos sembrando con la esperanza de ver frutos de justicia. Sin embargo, la Escritura nos advierte que, aunque el creyente está seguro en Cristo, el pecado remanente sigue siendo un peligro latente que busca devorar nuestra labor. Job, entendiendo la santidad de Dios, expresó esta vigilancia diciendo: “Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen? Porque ¿qué galardón me daría de arriba Dios?... ¿No ve Él mis caminos, y cuenta todos mis pasos? Si fue mi corazón engañado acerca de mujer, muela para otro mi mujer… Porque es maldad e iniquidad… Porque es fuego que devoraría hasta el Abadón, y consumiría toda mi hacienda” (Job 31:1-12) Este pasaje nos revela que la lascivia no es un tropiezo menor, sino un fuego consumidor capaz de reducir a cenizas el esfuerzo de toda una vida.
La enseñanza del Señor Jesucristo profundiza en la raíz del corazón para protegernos de esta ruina espiritual. Él nos confronta con la verdadera dimensión de la santidad: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27-28) Aquí vemos que el adulterio no comienza en la alcoba ajena, sino en la mirada descontrolada y en el deseo acariciado. Es por ello que la radicalidad del Evangelio nos llama a una autodisciplina extrema en la mortificación del pecado: “Si tu ojo derecho te hace pecar, sácalo y tíralo lejos de ti; mejor te es entrar en la vida con un solo ojo que teniendo dos ojos ser arrojado al fuego del infierno. Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala lejos de ti. Mejor te es perder una parte de tu cuerpo que todo tu cuerpo vaya al infierno”. Estas palabras no demandan una mutilación física, sino una disposición del alma para eliminar cualquier fuente de tentación, por querida que sea, antes de que corrompa nuestra totalidad ante el Dios que todo lo ve.
La integridad del matrimonio y la veracidad de nuestras palabras están intrínsecamente ligadas a esta pureza interior. El Señor extiende su autoridad sobre la fidelidad conyugal y la honestidad de nuestros votos, declarando: “Cualquiera que se divorcie de su esposa, excepto por infidelidad conyugal, la hace cometer adulterio, y cualquiera que se case con la mujer divorciada comete adulterio”. Así mismo, nos exhorta a que nuestra palabra sea tan firme que no necesite de juramentos externos: “Que su «sí» sea «sí» y su «no», sea «no»; todo lo demás proviene del maligno”. Al final, estos mandamientos convergen en la protección del pacto matrimonial y la pureza del testimonio cristiano. Si hemos sido redimidos, no podemos ser descuidados con la cosecha que Dios nos ha confiado. Debemos vivir con un temor santo, no por miedo a perder la salvación que está segura en las manos de Cristo, sino por el justo temor a las consecuencias devastadoras que el pecado acarrea en nuestra vida terrenal, nuestra familia y nuestro legado espiritual.
Oración: Padre Celestial, acudimos ante Tu trono reconociendo que nuestra justicia es como trapos de inmundicia y que solo por Tu gracia podemos sostenernos en pie; te rogamos que, por la obra eficaz de Tu Espíritu Santo, nos concedas un corazón vigilante, sensible a Tu Palabra y resuelto a la pureza, permitiéndonos hacer un pacto inquebrantable con nuestros ojos para no contemplar la vanidad. Fortalécenos en la lucha contra los deseos remanentes de nuestra carne para que, mediante una verdadera mortificación del pecado, guardemos la santidad de nuestro hogar y la integridad de nuestro testimonio, comprendiendo que cada pensamiento y mirada están desnudos ante Tus ojos; te pedimos que nos preserves de cualquier fuego extraño que pretenda consumir la cosecha de justicia que has permitido sembrar en nuestras vidas, para que nuestra fidelidad sea un reflejo de Tu pacto eterno y todo lo que somos rinda gloria únicamente a Tu bendito nombre en Cristo Jesús. Amén
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