"No cometerás adulterio” Éxodo 20:14
La ley moral de Dios, resumida en el Decálogo, no es un conjunto de sugerencias temporales, sino el reflejo de Su carácter inmutable. En un mundo que trivializa la fidelidad, el mandato divino permanece firme: “No cometerás adulterio” Entendemos que este precepto protege la primera institución establecida por el Creador: el matrimonio. Aunque nuestra sociedad contemporánea glorifica la infidelidad y presenta el adulterio como una aventura emocionante bajo la falsa premisa de que "la comida a escondidas es deliciosa", la realidad es que el adulterio como todo pecado es un camino de muerte. No hay nada vibrante en una vida reducida a cenizas por la disciplina divina. Como bien advierte la sabiduría de Proverbios 6:27: “¿Acaso puede un hombre echar fuego en su regazo sin quemarse la ropa? ¿O puede un hombre caminar sobre brasas sin quemarse los pies? Así es el que se acuesta con la esposa de otro hombre. Nadie que la toque quedará sin castigo”. La ley de la siembra y la cosecha es inexorable; nadie puede sembrar para la carne y esperar cosechar para el Espíritu.
El Señor Jesús nos advierte de antemano para librarnos del juicio, instándonos a una vigilancia rigurosa sobre nuestras propias inclinaciones. La pureza no es un estado pasivo, sino una batalla activa de mortificación. El apóstol Pablo, consciente de su propia fragilidad, nos dejó un modelo de disciplina espiritual al decir: “yo golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que después de haber predicado a otros, yo mismo sea descalificado para el premio” (1 Corintios 9:27) Asimismo, nos ordena una acción radical ante la tentación sexual: “Huyan de la fornicación. Todos los demás pecados que el hombre comete están fuera del cuerpo, pero el que comete fornicación, contra su propio cuerpo peca” (1 Corintios 6:18) El matrimonio es un don sagrado y el sexo es una bendición dentro del pacto matrimonial, pero fuera de él, se convierte en un fuego destructivo. Debemos cuidarnos tanto del ascetismo que desprecia el cuerpo como del libertinaje que idolatra el deseo; ambos son errores que Satanás utiliza para desviar al creyente del diseño divino.
En este sentido, la vida del rey David sirve como una advertencia histórica y solemne sobre las consecuencias del pecado no refrenado. En el registro bíblico, existe una división trágica marcada por su caída con Betsabé. Antes de su pecado, vemos la bendición y el favor de Dios; después, encontramos un rastro de dolor, muerte y rebelión familiar que marcó el resto de sus días. Aunque David fue perdonado, no fue eximido de la disciplina paternal de Dios, la cual se manifestó en la pérdida de sus hijos y la humillación de su reino. Jesús, en Su misericordia, nos expone la gravedad del adulterio no para encadenarnos, sino para preservarnos de esa devastación. Al cuidar diligentemente nuestra cosecha y someter nuestros afectos al señorío de Cristo, evitamos la descalificación y honramos al Dios que nos ha llamado a vivir en santidad y paz.
Oración: Señor Dios, Tú eres el sustentador de los pactos y autor de la vida, te damos gracias por el don del matrimonio y por la claridad de Tu Ley que alumbra nuestro camino; te suplicamos que nos concedas un temor santo que nos aparte de todo mal, dándonos la fuerza para huir de la tentación y la disciplina para someter nuestra carne a Tu voluntad, de modo que el vivir de nuestras vidas no sea motivo de descalificación sino testimonio vivo de Tu gracia preservadora, y que al caminar en fidelidad podamos disfrutar de la cosecha de paz que tienes preparada para los que te aman en Cristo Jesús. Amén
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