Mirada y sentencia

Publicado el 11 de marzo de 2026, 0:41

“Oísteis que se dijo: 'No cometerás adulterio', pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón” Mateo 5:27-28

El Evangelio no se detiene en la superficie de nuestras acciones, sino que penetra hasta las cámaras más ocultas del alma. El Señor Jesucristo, exponiendo la profundidad espiritual de la Ley, nos declara: “Oísteis que se dijo: 'No cometerás adulterio', pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón” Bajo la mirada del Dios soberano, la codicia no es un accidente biológico, sino una búsqueda deliberada del corazón que quebranta el décimo mandamiento: “No codiciarás”.

Debemos comprender la progresión fatal del pecado: un pensamiento cultivado se convierte en acción, la acción en hábito, el hábito en carácter y el carácter en un destino eterno. Si no cortamos la raíz del pensamiento, permitiremos que el deseo nos arrastre hacia una dirección que no deseamos y el fin es el juicio. Reconocer esta realidad nos lleva inevitablemente al quebrantamiento espiritual. Nadie puede, por sus propios esfuerzos o méritos, alcanzar la justicia necesaria para comparecer ante un Dios santo. Es aquí donde la doctrina de la justificación brilla con todo su esplendor: solo la sangre de Jesucristo puede limpiar la mancha de la lujuria en el corazón. Al igual que el apóstol Pablo, el creyente sincero clama al verse ante espejo de la Ley: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. No somos más justos que el apóstol Pablo; por el contrario, por ello debemos vivir en una constante súplica por misericordia, reconociendo que nuestra única esperanza de liberación reside en el sacrificio expiatorio de Cristo, cuya sangre es suficiente para borrar todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros.

Sin embargo, para el regenerado, el perdón no es una licencia para la pasividad, sino el inicio de una guerra santa. Hemos sido llamados a la mortificación, pues como dice Romanos 8, los hijos de Dios son guiados por el Espíritu a dar muerte a las obras de la carne. Cuando Jesús utiliza el lenguaje radical de sacar el ojo o cortar la mano, nos está instruyendo metafóricamente sobre la severidad con la que debemos tratar las fuentes de tentación. Si un programa, una amistad o una plataforma digital se convierte en el vehículo de la lascivia, el mandato es claro: deshazte de ello. No podemos cerrar el libro pensando que estas advertencias no se aplican a nosotros por ser cristianos; muchos han visto su cosecha espiritual desarraigada por descuidar la vigilancia sobre sus propios sentidos.

La prudencia cristiana consiste en escuchar estas palabras y ponerlas en práctica para construir nuestra casa sobre la Roca que es Cristo. Aquel que ignora la advertencia y permite que la lujuria anide en su mirada, construye sobre la arena y verá su estructura colapsar ante el juicio venidero. Seamos, pues, valientes para obedecer, identificando aquello que el enemigo usa para seducir nuestra carne y eliminándolo sin vacilación. La santidad no es una opción estética, sino la evidencia de que hemos sido comprados por precio y que deseamos honrar al Redentor con cada pensamiento y cada intención de nuestro corazón.

Oración: Padre de toda gracia y santidad, te damos infinitas gracias por la sangre de Tu Hijo que limpia nuestra conciencia de obras muertas y por Tu Espíritu que nos capacita para la batalla; te rogamos que nos concedas un discernimiento agudo para identificar las raíces de codicia en nuestro interior, concédenos también la valentía para amputar de nuestras vidas todo aquello que nos separa de Tu comunión y una voluntad firme para mortificar la carne diariamente, a fin de que nuestra casa permanezca firme sobre la Roca y nuestra vida refleje la pureza de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable, en el nombre de Jesús. Amén

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Comentarios

Yamileth
hace 3 días

amén.