“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero Yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero Yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. Además, habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero Yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de Sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” Mateo 5:27-37
La enseñanza de nuestro Señor en el Sermón del Monte nos revela una lucha persistente contra la idolatría del "ahora". Al analizar el pasaje de hoy, es posible ver un hilo conductor: la búsqueda de gratificación inmediata que corrompe el alma. La lujuria exige placer físico en este instante; el divorcio busca una liberación rápida del dolor relacional; y la ruptura de un juramento pretende sacudirse el peso de la responsabilidad de inmediato. El mundo caído nos susurra que nuestras necesidades y deseos presentes son soberanos, pero el Reino de Cristo nos otorga el poder para desmantelar esa forma de pensar carnal. Se nos capacita para elevar la mirada hacia la eternidad y declarar que no necesitamos la satisfacción efímera, pues preferimos acumular tesoros en el cielo. La santidad no es ausencia de tentación, sino la decisión de abrazar el sacrificio presente en pos de una cosecha de justicia que glorifique a Dios.
Este llamado a la integridad es, en esencia, un llamado al examen personal. Al confrontar nuestras vidas con estas palabras de Jesús, es imposible no sentirse convictos de pecado. Todos, en algún momento, hemos permitido que nuestro «sí» fuera un velo para el «no», o hemos flaqueado ante la presión del deseo o de la conveniencia. ¿Qué debemos hacer ante tal realidad? La respuesta no se halla en un esfuerzo moralista agotador, sino en correr hacia la cruz. Como creyentes, descansamos en la verdad de que la sangre de Cristo expía todos nuestros pecados. Cuando el Redentor exclamó: "Consumado es", selló el perdón de nuestras transgresiones pasadas, presentes y futuras. No hay falta, por oscura que sea, que no haya sido cubierta por ese sacrificio perfecto y suficiente.
Sin embargo, para aquel que ya ha sido regenerado por la fe, el perdón no es el final del camino, sino el fundamento para una vida de mayordomía fiel. Aunque en el tribunal de Cristo no rendiremos cuenta de nuestros pecados para condenación —pues ya fueron juzgados en la persona que tomó nuestro lugar en la cruz—, sí compareceremos para dar cuenta de la administración de nuestra vida y del tiempo que se nos confió. El Señor buscará el fruto de nuestra obediencia y la calidad de nuestra cosecha espiritual. Por tanto, debemos permitir que estos versículos funcionen como un espejo que nos muestre los puntos de peligro y nos mueva a proteger nuestra vida con una santidad inquebrantable. La verdadera libertad no consiste en seguir nuestros impulsos, sino en la capacidad, otorgada por el Espíritu Santo, de ser fieles a Dios por encima de cualquier deseo temporal.
Oración: Soberano Señor y Salvador nuestro, reconocemos con humildad que a menudo hemos buscado el alivio y el placer de este mundo por encima de Tu santidad, te damos gracias porque en la cruz de Cristo hemos hallado el perdón total y la fuerza para resistir; te suplicamos que nos concedas una visión eterna que nos permita soportar la aflicción y la tentación con paciencia, mortificando nuestros deseos inmediatos para que, al final de nuestra carrera, podamos presentarnos ante ti con una cosecha abundante para Tu gloria, confiando plenamente en que Tu gracia nos sostendrá hasta el día en que habitemos para siempre en Tu presencia y Tú seas TODO en todos. Amén
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Amén 🙏🙏🙏
amén, amén, guardanos Señor.