“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” Mateo 5:38-39
Existe una tendencia errónea entre los críticos de las Escrituras al sugerir que Jesucristo, en el Sermón del Monte, se presenta como un opositor a la ley mosaica. Argumentan que el Señor está revocando decretos antiguos, pero tal afirmación ignora la esencia misma de Su misión. Resulta contradictorio acusar de abolicionista a Aquel que declaró con autoridad divina: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abolirlos, sino a darles cumplimiento». La Ley de Dios no es una reliquia del pasado, sino un reflejo de Su carácter inmutable y tres veces santo; por tanto, Jesús no contradice a Moisés, sino que expone el cumplimiento perfecto de la justicia que la Ley demandaba y que solo Él, como el Cordero sin mancha, podía satisfacer plenamente.
Para comprender la raíz de esta instrucción, debemos mirar Deuteronomio 19:18-21, donde se establece el principio del "ojo por ojo". Esta norma no fue entregada para la venganza personal, sino para los jueces civiles de Israel. Su propósito era doble: extirpar el mal de la sociedad y, fundamentalmente, detener la escalada de la violencia humana. El orgullo del hombre caído tiende naturalmente a la desproporción; si nos ofenden, deseamos destruir; si nos quitan un ojo, reclamamos una vida. La Ley de Moisés ponía un freno divino a esa sed de sangre. Sin embargo, en tiempos de Jesús, la interpretación legalista había distorsionado este mandato civil convirtiéndolo en una licencia para la represalia personal. Ante esta perversión, el Señor establece la verdadera ética de Su Reino: “Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39).
Históricamente, este pasaje ha sido malinterpretado por posturas pacifistas que intentaron aplicar estos principios como una reforma sociopolítica secular o un código de ética externa. Sin embargo, la Escritura nos enseña que la Ley no fue dada para que el hombre se sienta capaz o moralmente superior, sino para que se reconozca como un mendigo espiritual ante la majestad de Dios. El Sermón del Monte no es un manual para reformar las naciones sin Cristo, sino la descripción del carácter de aquellos que ya han sido regenerados por el Espíritu Santo. No se trata de eliminar las instituciones que Dios mismo sostiene para refrenar el mal, sino de la disposición del corazón del creyente que sabe que su ciudadanía no es de este mundo. El enfoque de Jesús es profundamente personal y apunta a la raíz de nuestra idolatría: el "yo". El hombre natural se erige como su propio dios y reacciona con violencia cuando su supuesta majestad es vulnerada. La enseñanza de Cristo nos llama a un nivel de gracia que resulta incomprensible para la mente carnal, pues no se trata de una capitulación cobarde, sino de una muerte voluntaria al orgullo.
La transformación del cristiano no nace de un esfuerzo legalista, sino de la obra soberana de Dios que nos permite renunciar a nuestros supuestos derechos para descansar en Su justicia. Ser discípulo de Cristo es incompatible con la preservación del ego; es un llamado radical a la negación propia: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Mateo 16:24). Seguir a Jesús implica que la cruz sea aplicada diariamente a nuestro interés personal, permitiendo que Su vida brille a través de nuestra total rendición.
Oración: Padre celestial, te alabamos por la perfección de Tu Ley y la profundidad de Tu gracia, confesando que nuestro corazón a menudo se aferra a sus propios derechos y busca su propia gloria; te rogamos que, por el sacrificio de Cristo y el poder regenerador de Tu Espíritu, nos concedas un espíritu de humildad genuina que muera diariamente al orgullo y a la sed de venganza, permitiéndonos confiar plenamente en Tu providencia soberana y vivir como ciudadanos de Tu Reino que reflejan Tu paciencia ante un mundo hostil, para que toda la gloria sea solo Tuya, descansando en que solo Tu gracia nos capacita para lo que por naturaleza nos es imposible. Amén
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