“Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” Mateo 5:39
Al hacer esta afirmación Jesús no está sugiriendo una técnica de resolución de conflictos, sino exponiendo el estándar de santidad que solo puede brotar de un corazón regenerado. Es fácil asentir ante este mandato de manera abstracta, pero la prueba de fuego ocurre cuando el golpe llega, ya sea mediante una agresión física o, más frecuentemente, a través de una herida interpersonal que hace que la "víbora" del orgullo intente saltar desde nuestro interior para reclamar justicia propia.
En la historia de la iglesia, hemos visto ejemplos poderosos de esta gracia en acción. Recordamos a Billy Bray aquel antiguo boxeador y minero de Gales que, tras su conversión, fue provocado y golpeado hasta sangrar. Teniendo la fuerza física para destruir a su oponente de un solo puñetazo, prefirió asestar un "golpe espiritual" al perdonar públicamente a su agresor y orar por su alma. Del mismo modo, la vida misionera nos ha enseñado que el verdadero servicio implica la renuncia a la dignidad personal; como aquel misionero Hudson Taylor en China que, tras ser empujado al lodo por un hombre arrogante, se levantó sin rastro de ira para ofrecerle el Evangelio. Estas no son muestras de debilidad humana, sino de una fortaleza divina que entiende una verdad teológica fundamental: nuestro cuerpo ya no nos pertenece… cualquier mal que pueda ser hecho a nuestro cuerpo no nos corresponde a nosotros vengarlo, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos posesión de Aquel que ha dicho: “Mía es la venganza, Yo pagaré” La Escritura es tajante al recordarnos nuestra condición de propiedad adquirida: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). Si hemos sido comprados por precio de sangre, el Dueño absoluto tiene el derecho soberano de decidir qué se hace con Su propiedad. Si Él ordena poner la mejilla, lo hace desde la autoridad de quien ya recorrió ese camino de sufrimiento por nosotros. La santidad de Dios demanda que presentemos nuestros cuerpos en "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional" (Romanos 12:1). Esta entrega no se limita a lo físico; abarca también nuestra reputación, ese ídolo que con tanto celo solemos proteger.
Estar "muerto a uno mismo" significa que el juicio del mundo o de los tribunales humanos pierde su peso frente al juicio del Señor. Como afirmaba el apóstol Pablo: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo” (1 Corintios 4:3). Cuando morimos a nuestra reputación, dejamos de ser esclavos del "qué dirán" para convertirnos en siervos de Aquel que es nuestro único público legítimo. Iglesia, la verdadera adoración no es un sentimiento pasajero, sino el acto de rendir cada fibra de nuestro ser, cada derecho reclamado y cada gramo de honor personal a los pies de Cristo, reconociendo que solo en Su posesión encontramos nuestra verdadera libertad.
Oración: Padre bondadoso, te confesamos que nuestra naturaleza se rebela ante el llamado de morir a nosotros mismos y que a menudo buscamos proteger nuestra propia gloria y comodidad por encima de Tu voluntad; te suplicamos que, por la obra de Tu Espíritu, grabes en nuestros corazones que hemos sido comprados por la sangre preciosa de Tu Hijo, para que al reconocer que no somos nuestros, podamos entregar nuestro cuerpo, nuestra reputación y nuestra vida como un sacrificio vivo, respondiendo a la ofensa con gracia y al mal con bien, viviendo únicamente para el beneplácito de Tu mirada soberana. Amén.
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