“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa... al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses” Mateo 5:38-39ª,40,42
Después de hacernos comprender que seguirle implica la muerte de nuestra integridad física y reputación, nuestro Señor ahora nos conduce a un terreno igualmente escabroso para el corazón natural: la muerte al "yo" en relación con nuestras posesiones. En el Sermón del Monte, la instrucción es radical: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo; antes al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa... al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses” (Mateo 5:38-39a, 40, 42). Desde la infancia, el ser humano cultiva una férrea ley de posesión; el "mío" es uno de los primeros vocablos que pronunciamos. Sin embargo, la cosmovisión bíblica nos recuerda que la soberanía de Dios se extiende sobre cada molécula de lo que llamamos "nuestro". Al ser redimidos, confesamos que nada nos pertenece realmente; somos meros administradores de los recursos de un Rey que nos ha llamado a ser conductos de Su gracia y no depósitos de avaricia.
La actitud del ciudadano del Reino debe ser la de un canal abierto por donde las bendiciones materiales fluyen hacia los necesitados sin obstrucciones causadas por el egoísmo. El mandato de entregar incluso la capa a quienes demanda la túnica nace de la seguridad de que nuestra herencia no está anclada en este siglo. Como bien se nos enseña, los mansos no necesitan aferrarse con desesperación a lo terrenal, pues ellos heredarán la tierra por promesa divina. Consideremos lo dicho por el apóstol Pablo en una cultura saturada de litigios y defensa de derechos personales, él lanza un reto que parece locura para el mundo: "¿Por qué no sufrir más bien el agravio? ¿Por qué no sufrir más bien el fraude?" (1 Corintios 6:7). Esta disposición no es una derrota, sino una victoria estratégica para el avance del Evangelio. Al preferir ser defraudados antes que entrar en la contienda del pleito, compramos, por así decirlo, el derecho de hablarle al adversario sobre un Dios que dio a Su propio Hijo por pecadores.
No obstante, esta apertura de manos no es una invitación a la necedad, sino a una generosidad sabiamente gobernada por la Palabra. La Escritura interpreta a la Escritura, y el mismo Dios que ordena dar al que pide, también advierte que "si alguno no quiere trabajar, tampoco coma" (2 Tesalonicenses 3:10). Existe una responsabilidad en la mayordomía que nos obliga a distinguir entre la necesidad real y la explotación del vago, pues dar al charlatán podría significar privar al que está verdaderamente está necesitado. Sin embargo, en la tensión de este discernimiento, el corazón regenerado prefiere inclinarse hacia la misericordia. Es mejor errar por un exceso de generosidad que cerrar las entrañas ante una necesidad legítima por temor a ser engañados.
El llamado de Jesús apunta a romper la tensión de la mano cerrada que aprieta con fuerza sus bienes. Al abrir el puño, permitimos que el Señor guíe Sus recursos hacia donde Él desea. Esta libertad solo es posible cuando entendemos que nuestra verdadera riqueza está almacenada en los cielos, donde ni la polilla ni el orín corrompen. La transformación que el Espíritu opera en nosotros nos lleva a ver cada posesión no como un derecho que defender, sino como una oportunidad de servicio. Nuestra santificación se evidencia cuando el desprendimiento material se convierte en un acto de adoración, demostrando que nuestro tesoro no está en las cosas que perecen, sino en Aquel que es Dueño de todas las cosas y nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales.
Oración: Padre bondadoso, te damos gracias porque en Tu infinita generosidad no escatimaste ni a Tu propio Hijo para rescatarnos de nuestra miseria; te rogamos que por Tu Espíritu nos concedas un corazón desprendido y una mano abierta que reconozca que todo lo que poseemos proviene de Tu mano soberana, ayúdanos a morir a la idolatría de lo material y a la sed de pleitos personales, para que prefiramos el agravio antes que manchar el testimonio de Tu gracia, y permítenos ser administradores fieles que utilicen cada recurso para el alivio de los necesitados y la expansión de Tu Reino, descansando siempre en la promesa de nuestra herencia eterna en Cristo Jesús. Amén
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