Libres de nosotros mismos

Publicado el 20 de marzo de 2026, 2:15

“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo… a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos” Mateo 5:38-39ª,41

La instrucción del Redentor en el Sermón del Monte nos confronta ahora con un tercer nivel de renuncia: la muerte al "yo" en lo que respecta a nuestro tiempo, esfuerzo y voluntad personal. Al declarar: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero Yo os digo: No resistáis al que es malo… a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos” (Mateo 5:38-39a, 41), Jesús expone una realidad que despoja al ser humano de su recurso más preciado: su autonomía. En el contexto histórico, la ley romana permitía que un soldado obligara a cualquier civil a cargar su equipo durante una milla. Para el ciudadano común, esto era una humillación insoportable, un tiempo robado que se entregaba con amargura, contando cada paso hasta cumplir el límite legal para luego soltar la carga con desprecio. Sin embargo, el ciudadano del Reino de los Cielos transforma la imposición en una ofrenda voluntaria. Al caminar la segunda milla con gozo, el cristiano no solo desconcierta al mundo, sino que testifica que su tiempo no le pertenece, pues ha sido consagrado al servicio de un Rey superior.

Esta disposición de ir más allá de lo requerido no es una muestra de debilidad, sino el ejercicio de una libertad sobrenatural. Como se ha enfatizado en la historia de la Iglesia: el Reino de los cielos no se extiende mediante la fuerza o la defensa de derechos civiles, sino a través de una obediencia radical que refleja el carácter de Cristo. El Imperio Romano no fue conquistado por espadas, sino por la conducta de aquellos que consideraban un privilegio sufrir el oprobio y el cansancio por amor a su Señor. Esta actitud rompe la lógica del intercambio humano; mientras el mundo mide sus esfuerzos para no dar de más, el creyente redimido entiende que su labor es un sacrificio vivo. La santidad, por tanto, se manifiesta cuando el servicio deja de ser una carga impuesta para convertirse en un culto de gratitud.

Vivir de esta manera es, por definición, imposible para la naturaleza caída. No hay disciplina humana ni fuerza de voluntad que pueda llevarnos a morir de forma tan absoluta a nuestras preferencias, gustos y agendas. Es aquí donde la teología se vuelve experiencia vital: solo aquel que ha muerto legalmente en la cruz con Cristo puede empezar a morir experiencialmente a sí mismo. Como dijo George Mueller: «Hubo un día en que morí. Morí completamente a George Mueller y a sus opiniones, sus preferencias, sus gustos, su voluntad. Morí al mundo, a su aprobación o a su censura. Morí incluso a la aprobación o a la censura de mis hermanos y amigos. Y desde entonces, solo he procurado mostrarme aprobado ante Dios» Esa es la libertad gloriosa de los hijos de Dios: cuando el "yo" ya no está en el trono, ni el golpe en la mejilla ni la carga del camino pueden esclavizarnos, pues nuestra identidad está escondida en Aquel que es el Dueño de nuestros días.

Esta vida sobrenatural nos llama a ser insensibles a nuestra propia importancia para ser plenamente sensibles a la gloria de Dios. Si nuestro tiempo y nuestra fuerza son vistos como propiedades privadas, viviremos en un estado de constante irritación ante las demandas de los demás. Pero si, por la gracia soberana, aceptamos que nuestra existencia es una propiedad comprada por sangre, cada interrupción y cada carga se convierten en una oportunidad para que el Evangelio sea visible. La verdadera conquista del mundo ocurre cuando los cristianos dejan de pelear por su propio espacio y comienzan a caminar la segunda milla, demostrando que poseen un tesoro que el mundo no puede dar ni quitar.

Oración: Padre eterno, te damos gracias porque en Tu soberana misericordia nos has llamado a una vida que supera toda lógica humana, una vida de muerte al orgullo y de total rendición a Tu voluntad; te rogamos que por el poder de Tu Espíritu Santo nos capacites para considerar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra voluntad como instrumentos para Tu gloria, permitiéndonos caminar la segunda milla con gozo y sin amargura, para que al morir a nosotros mismos, el mundo pueda ver la vida de Cristo reflejada en nuestra mansedumbre y seamos hallados aprobados ante Tu presencia, descansando en que Tú eres nuestro pronto auxilio y nuestra recompensa eterna. Amén

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Comentarios

Shirley García
hace una hora

Amén. 🙏🙏🙏