“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir Su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” Mateo 5:43-45
La instrucción final de Cristo en esta sección del Sermón del Monte nos sitúa ante la cumbre de la ética del Reino: el amor hacia aquellos que nos dañan. Al declarar: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43-44), Jesús no está corrigiendo la Ley de Moisés —pues tal odio nunca fue ordenado por Dios—, sino que está exponiendo el espíritu de la Ley frente a las distorsiones humanas. Esta es la enseñanza más singular de Cristo, una joya que no se halla en ninguna otra religión o filosofía del mundo. Amar a quien nos ama es una reacción natural, pero amar al enemigo es una evidencia sobrenatural de la gracia regeneradora.
Frente a la aparente imposibilidad de este mandato, el creyente debe mirar a su Redentor. En la agonía de la cruz, rodeado de burlas y dolor, Cristo intercedió por Sus verdugos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Podríamos vernos tentados a decir que tal respuesta es exclusiva de la Deidad, pero la historia de la redención nos muestra a hombres comunes, de nuestra misma naturaleza, reflejando esa misma gloria. Esteban, mientras las piedras quebrantaban su cuerpo, clamaba: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado". Siglos más tarde, William Tyndale, frente a la hoguera de un rey tirano, no profirió maldiciones, sino una oración por la iluminación espiritual de su perseguidor: «Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra. Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra para que vea la verdad». Estos ejemplos nos despojan de toda excusa; si ellos pudieron nosotros también, porque el mismo Espíritu que los sostuvo a ellos habita hoy en nosotros.
El motivo supremo de este amor no es simplemente la conversión del enemigo, aunque lo deseemos profundamente, sino la exaltación de la gloria de Dios. Somos llamados a imitar el carácter de nuestro Padre Celestial, quien en Su benevolencia y gracia común “hace salir Su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Cada día, Dios sustenta y bendice a multitudes que blasfeman Su nombre y desprecian Sus mandamientos. Si somos hijos del Altísimo, nuestra vida debe ser un eco de esa misericordia. Considerando esto podemos decir entonces que la santidad a la que somos llamados no es un esfuerzo legalista por ganar el favor divino, sino el fruto de una gratitud que busca manifestar la perfección del Padre en un mundo caído.
Vivir este estándar es, ciertamente, una imposibilidad para la carne, pero es una expectativa gloriosa para quien ha nacido de nuevo. La vida cristiana no es una mejora moral del viejo hombre, sino la implantación de una vida nueva y sobrenatural. Al orar por quienes nos ultrajan, testificamos que nuestro tesoro y nuestra identidad están seguros en los cielos. Algún día, cuando seamos glorificados, este amor será nuestra naturaleza perfecta, pero hoy, por el poder del Espíritu Santo, estamos llamados a mostrar destellos de esa perfección venidera, amando no por lo que el otro merece, sino por lo que nuestro Dios es.
Oración: Padre de toda gracia, te damos gracias porque siendo nosotros Tus enemigos, nos amaste y nos reconciliaste contigo mediante la muerte de Tu Hijo; te rogamos que por Tu Espíritu Santo quebrantes nuestro orgullo y nos capacites para amar, bendecir y orar por aquellos que nos persiguen o nos aborrecen, para que nuestra vida no sea un reflejo de este mundo, sino un testimonio de Tu carácter santo y de Tu bondad soberana que brilla sobre justos e injustos, permitiéndonos caminar en la perfección que Tú demandas mientras esperamos el día en que seremos conformados plenamente a la imagen de nuestro Salvador, para Tu sola gloria por los siglos de los siglos. Amén
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