“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” Mateo 5:46-47
La enseñanza de Cristo nos coloca frente a un espejo de diagnóstico espiritual que sacude la complacencia del corazón humano. Al preguntarnos: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” Jesús establece una línea divisoria entre la moralidad natural y la santidad del Reino. Como ciudadanos de un mundo venidero, no se espera de nosotros una conducta meramente civilizada o recíproca, sino una vida que opere en una dimensión superior. Vivir bajo la regla del "ojo por ojo" o limitar nuestro afecto a quienes nos favorecen no es cristianismo; es, en esencia, un comportamiento pagano. La marca distintiva de un hijo de Dios no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad sobrenatural de resolverlos mediante la humildad, superando las divisiones que caracterizan a los hombres naturales que actúan bajo su naturaleza caída.
Esta exigencia de "hacer más que otros" no debe interpretarse jamás como un sistema de méritos para alcanzar el favor divino. Sabemos que las buenas obras son incapaces de pagar la deuda del pecado; solo la sangre derramada de Jesucristo y Su justicia perfecta pueden lavar nuestras rebeliones pasadas, presentes y futuras. No obstante, si bien no trabajamos para ser salvos, trabajamos porque hemos sido salvados. La pregunta de diagnóstico es entonces: ¿Es evidente el obrar sobrenatural de Dios operando en tu vida? ¿Es visible esa gracia que te permite soltar tus posesiones, entregar tu tiempo y poner la otra mejilla con alegría? Si nuestras reacciones ante la ofensa o la necesidad son idénticas a las del mundo, debemos preguntarnos seriamente si la presencia transformadora del Espíritu Santo habita realmente en nosotros.
El llamado de Cristo es un desafío a abandonar la "normalidad" del pecado. Cuando el orgullo reclama sus derechos y la ira busca represalia, estamos operando como hombres naturales, ajenos al poder de la resurrección. Pero cuando el creyente comprende que ha sido comprado por precio y que su vida ya no le pertenece, encuentra la libertad de ser un conducto de bendición sin reservas. Como hemos aprendido, la verdadera madurez espiritual comienza cuando volvemos a la condición de "mendigos espirituales", reconociendo que no tenemos nada que ofrecer y que necesitamos desesperadamente que la gracia de Dios subyugue nuestra voluntad. Es en la cruz donde encontramos no solo el perdón por nuestros fracasos, sino el poder liberador para vivir una vida que el mundo no puede explicar.
Si al examinar tu corazón descubres que la amargura y el egoísmo aún gobiernan tu vida, el remedio no es un esfuerzo legalista, sino un regreso humilde al pie de la cruz. Allí, al contemplar a Aquel que entregó todo por Sus enemigos, somos capacitados para soltar nuestras manos apretadas y abrir nuestro corazón a los demás. No te conformes con una religión de apariencias que solo saluda a sus hermanos; aspira a la perfección del Padre, sabiendo que cada acto de entrega en esta tierra es una inversión en tesoros celestiales. La vida sobrenatural no es una opción para unos pocos elegidos, sino la expectativa de Dios para todos los que invocan el nombre de Su Hijo. Ven a la cruz, reconoce tu bancarrota y permite que el poder de la muerte de Cristo mate tu orgullo, para que Su vida resplandezca en tu debilidad.
Oración: Amado Dios y Padre, te damos gracias porque en Tu infinita misericordia no nos has dejado esclavos de nuestra naturaleza caída, sino que nos has llamado a una vocación sublime y santa; te rogamos que por Tu Espíritu nos concedas un corazón que anhele hacer más que los gentiles, no por vanagloria, sino por amor a Tu nombre, ayúdanos a morir diariamente a nuestro egoísmo y a nuestras disputas, para que al vernos, el mundo reconozca que somos hijos del Rey que bendice incluso a Sus enemigos; llévanos de regreso a la cruz cada vez que intentemos vivir en nuestras propias fuerzas, y permítenos experimentar el poder liberador de la gracia que nos capacita para entregar nuestra vida, tiempo y posesiones con gozo, descansando plenamente en la justicia de Cristo y esperando con fe la recompensa eterna que Tú has preparado para los que te aman. Amén
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