La ley de Dios, en su perfecta santidad, no se limita a ser un freno para nuestras inclinaciones más oscuras, sino que actúa como una guía activa que fomenta una vida de piedad ferviente. Sin embargo, al transitar por las sendas del dar, el orar y el ayunar, el Señor Jesús nos detiene para hacernos una pregunta que escudriña las profundidades del alma: ¿Cuál es el motivo real que impulsa tu devoción?
En el inicio del capítulo seis de Mateo, se nos presenta una advertencia solemne sobre la hipocresía, esa tendencia caída de convertir las disciplinas espirituales en una plataforma para la auto exaltación. Cristo es claro al instruirnos: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 6:1). Esta instrucción no es una sugerencia opcional, sino un llamado a la vigilancia constante sobre un corazón que, incluso en sus mejores momentos, es propenso a codiciar la gloria que solo le pertenece al Creador. El peligro de la hipocresía radica en su capacidad de producir obras externamente buenas de una forma internamente maligna. Como bien señalaba Agustín de Hipona, el amor al honor ajeno puede convertirse en la ruina de la verdadera piedad, transformando el acto de misericordia en un anuncio de trompetas y la oración en una exhibición pública. La instrucción divina es radicalmente distinta: Cristo dijo “cuando den a los necesitados, no dejen que su mano izquierda sepa lo que hace su mano derecha, para que su ofrenda sea en secreto” (Mateo 6:3-4), pues quienes buscan el aplauso terrenal ya han agotado su recompensa. Iglesia no tenemos nada que no hayamos recibido por gracia y, por tanto, cualquier intento de impresionar a otros con nuestra “religiosidad” es una forma de idolatría personal que ignora nuestra total dependencia de Dios.
Esta sección del Sermón del Monte conecta de forma magistral los deberes religiosos con la libertad del corazón frente a los tesoros terrenales. Al decirnos: “No acumulen para sí tesoros en la tierra... Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo... Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” Mateo 6:19-21, Jesús une la motivación de nuestras obras con el objeto de nuestro mayor afecto. Desde esta óptica la hipocresía es, en esencia, tener el tesoro en la reputación humana en lugar de tenerlo en la aprobación del Padre. Finalmente, consideremos cuan necesario es que, en un mundo saturado de apariencias, la iglesia esté dispuesta a cumplir el llamado a ser un lugar de realidad espiritual, donde el reconocimiento de nuestra imperfección nos lleva a descansar únicamente en la justicia de Cristo. Solo cuando entendamos y creamos que nuestro valor está asegurado en el cielo, podremos ser libres de la ansiedad por el estatus y vivir una vida de servicio genuino, donde el ojo del Padre que ve en lo secreto es suficiente recompensa para el alma redimida.
Oración: Padre Celestial, Dios de toda verdad y escudriñador de los corazones, te pedimos humildemente que por la gracia de tu Espíritu Santo purifiques nuestras motivaciones más profundas, para que cada acto de servicio, cada palabra en oración y cada sacrificio personal broten de un amor genuino hacia Ti y no del deseo pecaminoso de ser honrados por los hombres; líbranos de la esclavitud de buscar la aprobación ajena y enséñanos a atesorar únicamente Tu presencia en lo secreto, de modo que nuestras vidas sean un sacrificio vivo, santo y agradable ante Tus ojos, descansando plenamente en la obra perfecta de Jesucristo, quien es nuestro único y eterno Tesoro. Amén
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