La vida espiritual nos coloca frecuentemente ante el sutil peligro de la admiración ajena. Escuchamos elogios sobre la piedad de ciertos hombres y mujeres, y aunque el buen ánimo es necesario, el corazón caído tiende a desviar la mirada de la gloria de Dios para codiciar el aplauso humano. En esta sección del Sermón del Monte, el Señor Jesús desnuda nuestra psicología pecaminosa para presentarnos tres opciones radicales que definen la autenticidad de nuestra fe bajo la soberanía divina. La primera es la elección entre complacernos a nosotros mismos o complacer a Dios. A menudo disfrazamos el deseo de agradar a los hombres como altruismo, pero la Escritura nos recuerda que, sin la gracia, incluso nuestra amabilidad es una forma de egoísmo; buscamos la aprobación externa para alimentar nuestra propia reputación. Ya sea que nos escondamos por temor al rechazo o nos mostremos por deseo de reconocimiento, la raíz es la misma: el amor propio compitiendo con el señorío de Cristo.
La segunda opción nos confronta con la temporalidad de nuestros deseos: ¿viviremos para recompensas presentes o futuras? Existe una falsa espiritualidad que pretende ignorar las recompensas, sugiriendo que buscar un premio es indigno del creyente. Sin embargo, Cristo mismo emplea el lenguaje de la recompensa para moldear nuestra fe y dirigir nuestros afectos hacia lo eterno. Él no apela a nuestra debilidad, sino que eleva nuestra visión hacia el placer de Dios como el fin supremo. La advertencia es recurrente: “De cierto os digo que ya han recibido su recompensa” Mateo 6:2, 5, 16. El problema no es el deseo de recompensa en sí, sino el conformarse con la moneda devaluada del reconocimiento humano aquí y ahora, en lugar de anhelar la corona incorruptible que el Padre otorga en los cielos. Como ciudadanos del Reino, se nos llama a resistir la gratificación instantánea del orgullo para esperar con paciencia la aprobación divina que no se marchita.
Finalmente, Jesús nos llama a decidir si viviremos conscientemente ante un Dios invisible. Esta es la esencia de la vida coram Deo: reconocer que no hay rincón del universo ni del alma que escape a la mirada del Creador. Las Escrituras son tajantes al respecto: “Tú eres el Dios que me ve” Génesis 16:13, y el salmista refuerza esta omnipresencia divina al preguntar: “¿A dónde me iré de Tu Espíritu? ¿a dónde huiré de Tu presencia?” Salmo 139:7. El hipócrita actúa para un público humano porque olvida, o ignora deliberadamente, que el Padre ve en lo secreto. La verdadera piedad florece en la soledad, allí donde no hay cámaras ni testigos, motivada únicamente por la realidad de que Dios es testigo de cada pensamiento y acción. Al final, la elección es simple pero eterna: vivir para el ojo de Aquel que escudriña el corazón o perderse en el espejismo de una justicia que solo existe mientras otros la observan.
Oración: Padre Todopoderoso, ante Tu mirada no hay nada oculto ni secreto que no haya de ser manifestado, te rogamos que por el poder de Tu Palabra purifiques nuestros corazones de la idolatría del yo y del deseo insaciable de aprobación humana; enséñanos a despreciar las recompensas efímeras de este mundo para poner nuestra esperanza únicamente en las promesas eternas que has sellado con la sangre de Tu Hijo; concédenos vivir cada día con la profunda convicción de Tu presencia constante, para que nuestras obras de justicia no sean una fachada ante los hombres, sino un acto de adoración sincera ante Ti, hallando nuestro mayor gozo en saber que somos vistos, amados y recompensados por Tu sola gracia en Jesucristo nuestro Señor. Amén
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