El ayuno que llega al cielo

Publicado el 1 de abril de 2026, 2:56

“Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” Mateo 6:16-18

La práctica del ayuno representa el tercer caso donde el Señor Jesús confronta la religiosidad de apariencia con la verdadera piedad del Reino. La advertencia es clara: «Cuando ayunen, no se vean sombríos como los hipócritas, pues desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que están ayunando» En muchas tradiciones religiosas, incluyendo el legalismo farisaico que Jesús confrontó, el ayuno se ha desvirtuado para convertirse en una moneda de cambio con la que el hombre pretende comprar el favor divino o expiar sus propios pecados. Pero desde una perspectiva bíblica e históricamente correcta, rechazamos cualquier idea de salvación por obras; ni el hambre ni la privación física pueden pagar la deuda de nuestras transgresiones, pues solo la satisfacción infinita de Cristo en la cruz es suficiente ante la justicia de Dios. El error del hipócrita es transformar un ejercicio de humillación en un monumento al orgullo, buscando que otros admiren su supuesta espiritualidad a través de un semblante artificialmente compungido.

El propósito bíblico del ayuno dista mucho de la ostentación pública y se fundamenta en tres pilares espirituales esenciales para el creyente. En primer lugar, es una expresión de duelo y arrepentimiento por el pecado. Jesús mismo vinculó el ayuno con la tristeza del alma al decir: «¿Cómo pueden llorar los invitados al novio cuando él está con ellos? Llegará un tiempo cuando el novio les será quitado, y entonces ayunarán» (Mateo 9:15) El ayuno es, por tanto, una respuesta externa a una aflicción interna por nuestra condición caída, tal como se vio en el arrepentimiento de Nínive ante la predicación de Jonás. En segundo lugar, el ayuno funciona como una disciplina de santificación para el cuerpo, permitiendo que el espíritu prevalezca sobre los apetitos carnales. Como declaraba el apóstol Pablo: «Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que, después de predicar a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Corintios 9:27) Esta autodisciplina no busca meramente el castigo del cuerpo, sino el control de los impulsos de la carne para vivir en una libertad consagrada al Señor.

Finalmente, el ayuno es un catalizador de la seriedad en la oración y la búsqueda de la voluntad divina. Vemos este patrón en la iglesia primitiva en Antioquía, donde los creyentes ayunaron y oraron antes de enviar misioneros, y en el ejemplo perfecto de nuestro Salvador, quien ayunó en el desierto para demostrar Su dependencia absoluta del Padre y Su dominio sobre toda tentación. Aunque el ayuno parece ser una disciplina olvidada en la modernidad, las palabras de Jesús asumen su práctica habitual al decir "cuando ayunes" y no "si ayunas". La esencia de este mandato es la invisibilidad ante el mundo para una máxima visibilidad ante Dios; se nos ordena lavar el rostro y ungir la cabeza para que nuestra devoción sea un asunto privado entre el alma y su Creador. Al actuar en secreto, el creyente reconoce que su única y verdadera recompensa es el placer de Dios, quien ve lo que está oculto y sostiene a Sus hijos por pura gracia.

Oración: Padre Soberano, Tú que eres el pan de vida y la fuente de todo consuelo, te pedimos que nos concedas la gracia de una piedad sincera que no busque el reconocimiento de los hombres a través de sacrificios externos; enséñanos a disciplinar nuestros apetitos y a someter nuestra carne a Tu voluntad, no para ganar méritos ante Ti, sino como una respuesta de amor y arrepentimiento genuino; que nuestra tristeza por el pecado nos lleve siempre a la Cruz y que nuestras disciplinas espirituales sean un medio para deleitarnos más profundamente en Tu presencia; líbranos de toda máscara de religiosidad y permítenos vivir con tal integridad que nuestro único anhelo sea agradar a Aquel que ve en lo secreto, confiando plenamente en que en Cristo tenemos ya nuestra mayor recompensa y nuestra herencia eterna. Amén

Valoración: 5 estrellas
2 votos

Añadir comentario

Comentarios

Yamileth
hace 37 minutos

amén🙏🏼