“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” Mateo 6:19-21
La piedad cristiana, bajo la soberanía de Dios, no es una actuación para el escenario del mundo, sino una respuesta de gratitud ante el trono de la gracia. El fundamento de toda vida justa no reside en el esfuerzo humano, sino en la obra perfecta de Jesucristo, pues ninguna obra de caridad, oración ferviente o ayuno riguroso puede limpiar la mancha del pecado. Solo la sangre de Cristo satisface la justicia divina; por tanto, cualquier intento de presentar nuestras disciplinas como un pago es una ofensa a la suficiencia de la cruz. La verdadera justicia del Reino comienza con la pobreza de espíritu, reconociendo que somos mendigos espirituales revestidos por una justicia ajena que se nos imputa por pura gracia.
Vivimos en días en los que estamos saturados de identidades fabricadas y búsquedas de aprobación instantánea, por ello en este tiempo el Señor nos llama a una integridad radical que vive coram Deo, ante el rostro de Dios. La advertencia es solemne: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 6:1) Esta instrucción disuelve la hipocresía, que no es otra cosa que el robo de la gloria que solo pertenece a Dios para alimentar el orgullo propio. Iglesia, la verdadera piedad se cultiva en el secreto del aposento, donde la mano izquierda ignora lo que hace la derecha y donde el rostro se unge con gozo en medio del sacrificio, sabiendo que el único auditorio que importa es el Padre que está en los cielos.
Nuestras disciplinas espirituales —el dar, el orar y el ayunar— son fruto natural de un corazón regenerado, no los requisitos para obtener la salvación. Estas prácticas disciplinan nuestros afectos y nos liberan de la tiranía de lo temporal, permitiéndonos acumular tesoros en el cielo. Ahora, la paradoja de la vida cristiana se resuelve en el motivo: brillamos ante los hombres para que vean nuestras buenas obras y alaben al Padre, pero nos ocultamos en lo secreto para que nuestra alma no se embriague con el aplauso humano. Al final, la seguridad de nuestra fe no descansa en una decisión pasada, sino en una vida presente que se rinde a Dios, porque “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” Vivir para la eternidad es despreciar las recompensas efímeras de la tierra para aguardar con fe la aprobación de Aquel que ve en lo secreto y recompensa concediéndonos Su presencia.
Oración: Padre Soberano, Dios de toda verdad y fuente de nuestra redención, te damos gracias porque nuestra esperanza no descansa en la imperfección de nuestra justicia, sino en el sacrificio consumado de Tu Hijo Jesucristo; te suplicamos que por la obra poderosa de Tu Espíritu nos concedas un corazón íntegro que desprecie el aplauso de los hombres y busque con fervor Tu sola gloria; líbranos de la hipocresía que busca recompensas terrenales y enséñanos a cultivar una piedad secreta, disciplinada y sincera que testifique de Tu gracia transformadora en nuestras vidas; que cada acto de servicio, cada palabra en oración y cada sacrificio personal sean un incienso grato ante Tu presencia, permitiéndonos vivir cada día con la mirada puesta en el tesoro eterno de Tu Reino, confiados plenamente en que en Ti tenemos nuestro mayor gozo y nuestra herencia imperecedera, por los siglos de los siglos. Amén.
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