“Mas, tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y cuando ores, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así…” Mateo 6:6-9
Estas palabras son el antídoto contra nuestra propia autosuficiencia. Pensemos en esto: Jesús ministró públicamente solo tres años. En ese tiempo, cambió la historia del mundo. Ahora, lo asombroso no es solo Su obra, sino que, teniendo una misión de tan grande magnitud y contando con tan poco tiempo, Jesucristo dedicara horas y noches enteras a la oración. Si el Hijo encarnado, en Su perfecta humanidad, dependió totalmente del Padre, ¿cuánto más nosotros, que por naturaleza estamos arruinados por el pecado?
La oración, desde una perspectiva bíblica, es la manera en que Dios nos dice: “¡Detente! Aléjate de la idolatría de tus propios logros y de la confianza en tu propia capacidad”. Orar es reconocer nuestra depravación total cuando actuamos por cuenta propia; es convertirnos en "mendigos espirituales" que claman ante el Dueño de todas las cosas… Es decir: “Señor, si Tú no lo haces, no se hará”. A veces nos sentimos necios al orar, o simplemente no sabemos cómo hacerlo. Los discípulos, al ver el fervor y el poder de la comunión de Jesús con el Padre, no le pidieron que les enseñara a predicar o a hacer milagros; le dijeron: «Señor, enséñanos a orar». Ellos entendieron que el ministerio de Jesús no era fruto de Su ingenio, sino de Su sujeción voluntaria a la voluntad del Padre.
Hoy nosotros corremos un enorme peligro al llegar a un pasaje como este que estamos a punto de abordar: la familiaridad. Conocemos tanto el "Padrenuestro" que corremos el riesgo de recitarlo como los gentiles, con vanas repeticiones que no pasan del techo. La familiaridad genera desprecio, ¿sabes? Quiera Dios en Su infinita misericordia rasgar hoy el velo de la familiaridad si eso ha ocurrido entre ti y este texto, porque hay mucho aquí… Todo el tema es la increíble importancia de la oración. Comprenderlo es lo que insto a Martin Lloyd Jones a decir: «El hombre alcanza su máximo esplendor cuando, de rodillas, se encuentra cara a cara con Dios». En otras palabras, lo mejor que uno puede hacer en esta Tierra es arrodillarse, orar y encontrarse cara a cara con Dios.
A lo largo de la historia de la Iglesia, aquellos que han logrado las cosas más grandes para Dios, han sido hombres y mujeres de oración. Quizás hayas escuchado acerca de Martín Lutero, quien, ante sus días más ajetreados, decía que necesitaba pasar el doble de tiempo en oración. Él no confiaba en su activismo, sino en la soberana providencia de Dios. No permitas que el orgullo te convenza diciéndote que "estás muy ocupado para orar"; escoge escuchar la voz de la gracia cuando te dice: "estás tan ocupado que no puedes dar un paso sin orar". Que el Señor rasgue hoy el velo de nuestra autosuficiencia y nos enseñe que nuestro máximo esplendor no es lo que logramos con nuestras manos, sino estar de rodillas, cara a cara con nuestro Creador.
Oración: Padre Celestial, venimos ante Ti reconociendo que nada somos y nada tenemos que no hayamos recibido de Tu mano soberana. Perdónanos por el orgullo de creer que nuestras fuerzas pueden sostener nuestras vidas o Tu iglesia. Te rogamos que, por Tu Espíritu Santo, nos enseñes a orar no como un rito, sino como hijos que dependen totalmente de Su Padre. Que Tu Palabra en Mateo nos transforme y que nuestra vida de oración sea un testimonio de que Tú eres el Rey y nosotros Tus siervos. Por los méritos de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, Amén
Añadir comentario
Comentarios